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lunes, 9 de enero de 2017

Mosquito

Que un mosquito ose posarse sobre una de mis gambas (al ajillo) vaya y pase. Pero que este zancudo se atreva a meterse en mi taza de vino es inadmisible.
Ah, y por si las moscas, también es inaceptable que alguien venga a criticarme por haberme servido el tinto en una taza.
¡Al gran pueblo argentino, salud!


 

martes, 2 de agosto de 2016

She'eriot Shel Ha'Chaim

No soy muy afecta al pop pero esta canción de Idan Raichel Project me ha tocado hasta los huesos y confieso que no puedo dejar de escucharla a diario. Al fin y al cabo, es como concluía China Zorrilla en Elsa y Fred: "el arte te llega, o no te llega". 

"Lo que el tiempo está diciéndome,
es todo restos de vida
y vivir el momento"


.... y me gusta más la versión en vivo que la de estudio, aunque quizás el vocalista tenga algunos inconvenientes de afinación (tal vez el micrófono no lo ayude mucho), pienso que tiene muchísima más potencia (aunque la otra sea muy dulce) desde la batería que nos prepara para el arranque, la majestuosidad de los instrumentos de viento, luego el equilibrio logrado con las voces femeninas y por último, el público acompañando como si hiciera las veces de coro en el comienzo me pareció impagable. 

martes, 19 de julio de 2016

Las danzas son una de esas actividades que me transmiten la sensación de "no puedo sacarme la sonrisa de la cara" a lo largo de, básicamente, todo su transcurso.

 

 

Un Ĉoĉek en sincronía como saludo a la noche que se viste de Luna llena O

miércoles, 15 de junio de 2016

corro
canto
danzo
medito
escribo
para nada
Y PARA TODO 


lunes, 14 de diciembre de 2015

Born to run

    Correr es de aquellas extrañas cosas que al mismo tiempo me hace sentir mierda y súper bien. Da ocasión de que se me quiera emancipar una tumultuosa congregación de escupitajos, que la totalidad de mi rostro se vaya coloreando rojizo con una intensidad exhaustivamente acalorada, que muchas veces me produzca la sensación de que me estoy ahogando cuando precisamente estoy oxigenando todo el interior de mi cuerpo, hace que crea que a la próxima vuelta ni "fumada" ni aunque al mp3 que suele acompañarme le añada "los grandes hits" de las hinchadas argentinas de fútbol o las afirmaciones positivas del gurú de turno, la voy a poder concretar. Correr hace que me sienta agradecida por haberme animado a salir ese día, que recuerde que es una de las mejores formas de inaugurar el día, hace que me sienta recompensada cuando hallo tramos del parque donde se improvisan corredores de brisas y por haberme dado el lujo de catar diferentes matices del aroma a verde árbol, por cruzarme a los colegas que con sólo acompañarte te impulsan a no rezagar la marcha aunque te enrostren sus remeras colores flúor de cuando llegaron a los 21 km., satisfecha por haber logrado el número de vueltas que me había propuesto de antepierna... en fin, correr hace que recuerde que si vuelvo a olvidar que tengo que empezar a realizar los estiramientos puedo llegar a lamentarlo, por más que sean aburridos y hagan que me vea un tanto ridícula, el ridículo me salvará del aburrimiento, y en última instancia, si el cuerpo pide el ridículo pues el ridículo hay que darle.

lunes, 10 de noviembre de 2014

A la vuelta de la lluvia

    un lunes de pajaritos saltarines, se ha tomado el atrevimiento de ponerle al día pantalones jeans,
la foto salió movida y la sacudió con su sensación térmica, de pronto los pajaritos no brincan a su alrededor sino en sus quehaceres domésticos y la mandan a la mierda por montar un estúpido marco romántico de sus cosas y es totalmente justo derribar la desmentida, entonces se extraña de sus zapatillas y luego de sus medias, y poco a poco como para retener el disfrute extiende los pies en el bar y en donde sea, y aunque sea por el respiro de unos dedos da con una liberación que le hincha las mejillas, justo a la vuelta de adonde va a parar la lluvia


domingo, 11 de mayo de 2014

Nacidos para correr


    Nunca más paradójico como inspirador: cual gato de Schrödinger, su lectura sencillamente, te produce ganas de soltar el libro para salir corriendo. De hecho, lo hizo con alguien que no ensayaba carreras ni siquiera cuando se le escapaba el autobús, y claro que lo daba por perdido.

    El punto de partida es la acuciante pregunta del propio autor Christopher McDougall: "¿por qué me duele el pie?", quien además de corresponsal, es un corredor estadounidense aficionado. En determinados momentos de su investigación, le aplicarán cortisol para las lesiones de su rodilla, le sugerirán "no estás hecho para correr", "tenés que bajar de peso", y le inyectarán más cortisol.

    Desplazados por los hombres blancos (ayer conquistadores y hoy narcotraficantes), forzados a mantener una vida resguardada y de necesidades incolmadas, los rarámuris no dejan de sonreír erguidos y sin tambalearse cuando corren con sus sandalias llamadas huaraches. Tienen un juego de pelota que practican desde pequeños cuyo objetivo no consiste en marcar puntos sino en correr hasta cansarse. La perseverancia de Chris por hallar una solución a sus constantes lesiones, lo conducirá hasta las cuevas de la Sierra Madre de México, donde habitan los rarámuris, que etimológicamente, y en los hechos, son la Gente Que Corre... pasando antes por Caballo Blanco, un compañero entrañable cuya identidad será revelada en el transcurso de la lectura y que se trae entre pies una meta extraordinaria, la cual para decepción de los ansiosos, no delataré en esta publicación. 

    Como una crónica novelada, este relato real es ágil (como pies de maratonista) y está repleta de historias de personas tan interesantes que parecen salidas de una ficción literaria. Recomiendo una (o cuantas quieran) atenta lectura a la aventura de un estudiante, quien pondrá a prueba a su emérito profesor hasta que lo persuadirá de que puede que esté equivocado y los seres humanos en realidad hayan evolucionado, no para caminar sino para correr. ¿Y qué tal si el hecho de correr es capaz de hacernos mejores personas? Ésta es la indagación de Eric, el entrenador de Chris... y sí, también podemos encontrar algunas técnicas, como el consejo de que no permitas que tus pies impacten con demasiada intensidad contra el suelo, porque es impresionante la fuerza de reacción ejercida contra tu cuerpo. Ahora, lo más atractivo es acercarse al movimiento de corredores que revolucionó la tradicional manera de correr: los Corredores Minimalistas. Ni más ni menos, en el libro tenemos a un fiel representante de la gente que corre ¡descalza! o portando un calzado muy liviano que diseñó (inspirado por las huaraches) nuestro Ted en respuesta a la despiadada conducta con que las principales marcas rigen su producción industrial de zapatillas.


    No me canso de halagar a este libro, que no ha dejado de sacarme de mi asombro y de mi ignorancia, como cuando me anotició sobre la existencia de las fabulosas ultramaratones: carreras que constan de ¡un recorrido de 161 km., donde en algún lugar se ha hecho de noche, la Luna puede estar contemplándote y vos... ni bolilla, porque estás corriendo para elevarte a una montaña o sobre otros terrenos dificultosos a temperaturas extremas. Para esto, consulten con el "asoleado" Scott Jurek, que les cuenta en el libro.

    Hablando de una mejor situación de este ultracampeón ultramaratonista, resulta muy interesante saber que sigue una alimentación vegana, esto quiere decir que conserva en buen estado su salud porque no come ningún tipo de carne; de hecho ha publicado un libro titulado Comer y Correr. Me simpatizó haber leído también sobre el apartado que dedica a los monjes budistas, vegetarianos y maratonistas, y lo adecuado, digestivo y saludable que resultaría reemplazar un desayuno habitual por ensaladas completas en nutrientes... al fin y al cabo nuestro autor sí tenía que reducir un poco su peso. Pero es sobre todo gracioso cuando el autor decidido a ofrendarle a su barriga una buena ensalada antes de salir a correr, comienza en su casa una minuciosa recolección de ingredientes a fin de prepararla... ni qué hablar de ese memorable momento en que corriendo por un paisaje natural propio de ensueño y próximo a su casa, comienza a despojarse de sus atuendos hasta que lo invade el recuerdo de su ancianita vecina y por respeto a ella, decide conservar su pantalón. No me olvido tampoco de la pareja de La Brujita Bonita y El Cabeza de Chorlito, no quiero olvidarme de nadie... ¡qué buen libro, carajo! ¡Qué linda gente! ¡Me debía esta entrada! Se reafirma mi admiración hacia estas personas...

    porque puede que como la profesora de Ciencias Ann Trason, con su estatura de 1.50 m., cierto día empieces a correr de camino al lugar de tu trabajo, y otro día decidas que también vas a correr de vuelta a casa, porque "¿qué puede ser más sensual que prestarle una atención exquisita a tu propio cuerpo"?. Entonces, con el tiempo, sumás tantos kilómetros que lográs ese estado zen que describe La Brujita Bonita en alguna parte del libro donde sólo tenés en mente el correr, cuánto lo disfrutás, y puedas decir con Caballo Blanco que sos libre para correr.

martes, 12 de noviembre de 2013

La recompensa de los temibles curiosos

     Dicen que los investigadores audaces no desdeñan de ninguna fuente, tal vez porque persisten en la creencia de que cualquier sitio en la ciudad puede albergar la pista más imprevista, mientras uno anda recopilando boletos de colectivo para luego descartarlos en su casa como ignorante inmutable. Así que menudo pretexto se otorgan estos exploradores de lo desapercibido para salir a curiosear como gatito con dos hocicos. Y huele allí, huele acá... algún estudiante de Psicología había decidido que su material de estudio de DPC muy útil había sido, muy detallado, muuuy apropiado para darse un empacho freudiano... pero el mismo ya había cumplido la mayoría de edad (databa de 2008) y como el susodicho universitario apenas era nostálgico o estaba empezando a poner en práctica el desapego "zen", resolvió dejar la patria potestad de sus retoños en manos de otros adoptantes ¡¡¡y a plena vista de los merodeadores curiosos!!!

     Frente a mí, junto al contenedor de basura destinado a la cuadra estaban cuando salí de casa. A decir verdad, fue aquella expresión enojadizo-canchera de Segismundo la que me tentó, ésa cuya muestra aparece en cuanto googleás "Freud" en el buscador de imágenes. Sí, donde además te apunta con un habano: "o me decís sin censura todo lo que se te ocurra o te quemo todo"... No puede menos que convocarte esa postura, aunque más no sea para amagar a convencerle: "che, desfruncite, ¿o acaso tenés 'un Edipo' no resuelto?", "peeero... alegrate un poco, que te va a hacer bien y quién sabe si no te evita una neurosis, al menos te ahorrás el psicólogo". Bueno... dejando los chistes a un lado por el momento, que el asunto se pone serio porque venía escribiendo que estaban bien sensuales los apuntes de DPC ante mis ojos y yo todavía tenía que rendir el examen final de esa materia y además, quién sabe si no estarían interesantes, y una lectura no hace mal, y yo canté primero... y etcétera. De manera que mi mirada fulminante ya se había paseado a mi alrededor anunciando que los apuntes eran míos, como para ir desestimando giles. Mi cuerpo venía a ser el cebo y el inconsciente irrefrenable echaba rienda suelta a capturar el material de estudio. Aplicando su teoría se conquista a la presa, me habían enseñado... o algo así. Ahora podía estar segura, me apresté a calcular mis movimientos, dibujé un trotecito de tres pasos y me abalancé heroica sobre la pila de hojas de DPC cuidadosamente acomodada dentro de un folio de los gruesos, el cual yacía sobre una caja. ¡Lo había logrado!, si hasta tenía a la música triunfal de Rocky tarareando en mi cabeza.

     Sin embargo, mi trotecito de tres pasos había sido lo suficientemente torpe como para empujar y echar por pavimento material de estudio de otras materias, que al parecer todo el tiempo durante el cual la mirada del viejo Segismundo me cautivó, también había esperado recostado sobre la caja. El hecho fue que no pude rescatarlos de la mugre citadina circundante y allí quedaron a la espera de otros estudiantes adoptivos. ¿Se puede creer que este texto había sido imaginado para servirle de introducción a lo que en realidad quería transmitir? Ay, ay, ay... las vueltas de Clarisa.

Con nosotros... la foto

lunes, 24 de diciembre de 2012

En busca de callitos extraviados

     El intento no fue trunco, la mano no se torció. Pero ahora, necesito recuperar los callitos de mis dedos izquierdos, los de una época que ejerce sin trastocar la buena memoria y me retrotrae a través del cable a Tierra que supo llevarme a bordo, cuando ella se sentaba sobre mi regazo y yo me apoyaba a gusto sobre las cuerdas desplazándome como pajarito errante de árbol en árbol, ensanchando los minutos hasta desembocar en una eternidad enteramente dichosa marcada solamente y dulcemente por los acordes que ella conseguía extraer de mis huidas y yo luego, quería devolverle como persiguiendo sus latidos.

    Ello requerirá de práctica, que se sabrá diaria y horaria, con cierto acompañamiento de voz... así que hago de esta entrada un comunicado, después de cuya publicación se entenderá que mis vecinos (y quienes se encuentren cerca) han quedado avisados de que la guitarra criolla y yo volveremos a surcar el aire juntas, pese a que en ocasiones me ha robado la imaginación una imagen mía sosteniendo una guitarra acústica (y esto puede oler a infidelidad), esperamos que no ofenda a nadie nuestra reconciliación. Trataré de no desafinar.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Gracias a un corte de electricidad...

     recuperé a un castaño compañero. La lluvia ya no era amena, derramaba las gotas como golpes que azotaban. La lluvia velaba la noche con ininterrumpido estrépito. La radio casi nunca suele sentarse a mi lado, menos en estos días de ausencias. Así fue que me sentí inducida a dirigirme hacia el rincón que forman mi cama y el equipo de música. Allí estaba, obturado, pequeño expulsado de mi mirada. Lo rescaté del polvillo en el que estaban sumergidas sus vestiduras. Lo desnudé lentamente, temía hacerle daño, más de lo que ya había causado el paso del tiempo. Pero su piel llevaba la misma delicadeza de aquellos años que guardaron mis recuerdos. Suspendidos, supo que volvía a ser yo. Nos apoyamos sobre la cama, tomé su cuerpo y cuidadosamente lo acomodé sobre mí. Rezumaba el aroma que esperaba encontrar. Sabía a madera encantada y clara. Transmitía el hechizo de algún bosque lejano donde existen duendes y sabios. Me animé a improvisar. Aunque creo que le despeiné las cuerdas. Se puede entrever un arrullo de algún lago surcando esas pobladas tierras mientras lo arreglo un poco. Un momento... necesito una canción que conmemore esta noche de oscuro encandilamiento. Me bañaré en el lago, ya que la brisa en las manos se siente bien. Me dejaré llevar, ya que él me ha arrastrado hasta ahí. Nunca podría haberme conducido hasta ahí bajo el dominio de mi voluntad, él me ha llamado indudablemente. Me susurró en el aire algo así como: "vení, aunque sea mordé acordes de mí y arrojáselos a la noche inquieta que truena los sueños. Dale, vení que se quiere quedar hasta mañana y jugar a nublarle la vista al Sol". Trato hecho, intentemos remediar con un poco de memoria el presente inundado. Disfrutemos el intento, mirá que puede mojarse también. Qué calidez fue que hablase él primero antes de que yo consiguiera hacerle decir unas notas... demás está escribir que demoré bastante rato en poder hacerlo. Como sea, se ingenia para no hacerme desafinar tanto y despejarme del tumulto, del barullo, del ruido a agua o a gente insomne que desde el anonimato de los edificios se atreve a desgarrar la noche a gritos. Con sólo los dos acordes que componen Songbird me sacó una gran sonrisa, de encías asomadas, pero es más que eso... instrumento querido, guitarra.

  

sábado, 29 de septiembre de 2012

Bicicleteada emocional

     Gracias por haberme propuesto la vuelta, pero no quería molestarte. Me habías dicho que tenías pensado trabajar en el balcón con las plantas... ¿y qué mejor trabajo que el de ocuparse de la Vida? Entonces, tendría lugar mañana, y mi deseo de estar contigo, que ahora esperaría paciente. Pero ante los primeros reojos hacia la bicicleta estacionada frente a la puerta del departamento, mi entusiasmo no pudo responder a que los giros de las manecillas indicaran el día siguiente, y partió, llevándome consigo y a la bici recién autorizada por el mecánico para rodar de gestos propios, los caminos humanos desandados por los cuatriciclos de hedor y humo.

     A ellos no los conocía hasta esta tarde en el parque. De las pedaleadas me había despojado sola, hace unos cuantos años... aunque mis recuerdos pueden llegar a estar encubriendo una década seguramente. Así que sobre la bicicleta, sólo podía andar a las caídas. El parque me recibió diferente, el Sol y hasta la gente, parecían visualizar mi alegría, que no reparaba en contener. Por primera vez crucé a personas que hacía tiempo no veía, y lo más interesante fue haber constatado que me ubicaban todavía en alguna fotografía de sus vidas. Las flores a veces también se diseminan, todo comienza por saber recoger los indicios. No se me dificultó descubrir que a ese día tenía que hacerlo. Intenté por todos los medios contagiar de ese entusiasmo a mi torpeza, pero no pude. Como a la hora de danzar, los movimientos se me habían secado. Dudé en llamarte, me había prometido no hacerlo, sobreviniese cualquier imprevisto (bastante previsto, valga la acotación). Estabas ejerciendo una de las más bellas formas de amar, depositando tu confianza en la tierra, en el cosmos por entero y a pesar de la ciudad que nos cercena la huerta. Y mi ego se apoderó de mi tristeza, y marqué tu número para interrumpirla y que vinieras en rescate de la soñadora empequeñecida contra el pasto. Perdoname, aún no termino de reprocharme no haber podido deshacerme de él.

     Tal vez era el lugar el que no completaba mi ramillete de indicios. No me refiero al parque, sino al rincón dentro del parque. Se me ocurrió que quizás tendría que regresar al sitio donde había comenzado todo hacía tiempo ya, cuando por fin cambiaba las rueditas agregadas a la rueda trasera, por la brisa del aire libre. Así que a pie y junto a la bici, surqué pequeñas lágrimas hasta que me encontró la belleza de uno de los lapachos rosados junto al planetario. No quería decepcionarlo justo a su lado. Justo allí esbocé un intento nuevamente, erradamente, subiendo al asiento sin antes haber posado un pie sobre algún pedal era claro que mi destino no iba a ser otro que el suelo. La bicicleta casi se desvaneció, evitándolo yo, por poco, cuando alguien me llamó sin saber mi nombre. La primera imagen que me acudió fue la de un perrito, de esos lanudos y blancos como ovejitas, que suelen verse paseando en las calles rosarinas. Pero los perros cuentan con la suerte del ladrido. Así que dirigí mi mirada hacia uno de los lados, y se me apareció una chica quien se encaminaba hacia mí. Se presentó con una sonrisa, antes que con su nombre y mientras le contaba sobre mi deseo de reestrenar la bicicleta de mamá después de tanto tiempo, me mostró cómo podía dejarme conducir por ella. Apoyar un pie sobre el pedal y luego sentarme, ese fue el consejo.

     La mirada atenta del perrito siguiendo los juegos humanos que no quieren desaparecer, la chica componiendo espontáneamente su solo estar junto a mí constituyó el envión. De repente recuperé el equilibrio. Cuando se separó del manubrio y me sentí salir andando, algo volvió hacia mí, algo que me empujaba a volar, aunque sólo fuera soñando arriba de la bicicleta. Los veía alejarse a la chica, al perrito, al lapacho, pero pronto supe que lo hacía sólo desde el parámetro con el que mide la experiencia, que comenzaba a aproximarme de otro modo... podía flotar entre los suspiros que exhalaban las ruedas. El entusiasmo inicial se estaba correspondiendo con los tropezones, las personas más inesperadas en las cuales uno parece haber dejado huellas, otro viaje de ida hacia un pasado que no existe más que en nuestra percepción, que nunca existió en la infancia, el calorcito que ya huele a primavera, el lapacho que asistía a mis alas de ruedas, la resonancia emocional de un coro de pajaritos que me atrapó en sus voces, el perrito ovejita y la chica que ahora guardan conmigo ese recuerdo.

     Caída, invadiendo el aire las primeras veces, maquillada de lágrimas ante mi inexplicable idiotez, indagaba el impulso inspirándome en el Sol luminoso a pesar del frío y las nubosidades, recogiendo las ganas que pueden vislumbarse aún diseminadas, caería la próxima, con gracia y lo disfrutaría, mi cuerpo motorizaba el impulso sin dualismos mecánicos. Un cambio en el manubrio es capaz de virar el horizonte. Mientras me empapaba de felicidad bañándome al Sol y a la luz de tan vívidos momentos, prometí no soltarlos al capricho del tiempo. Esa felicidad que puede caber en apenas instantes porque no se rige según el tiempo terrenal, y las infinitas gracias que no conseguía dejar de enunciar me disiparon de la mente preguntarles a la chica y al perrito sus nombres, pero intuyo que no fue otra torpeza. Sé que no los olvidaré.
  

sábado, 21 de abril de 2012

How I met Pink Floyd

Aún recuerdo la primera ocasión que oí hablar de Pink Floyd. Se trataba de un día en el calendario del 2006, quinto y último año de mi curso en la escuela secundaria. Particularmente, se trataba de la clase de música, nos sentábamos formando una ronda debido a la escasa presencia de alumnos, ya que cuando hubo que elegir una disciplina extracurricular, la mayoría había preferido apuntarse en arte. El profesor nos había encargado un trabajo grupal de investigación sobre la historia del rock cuya evaluación iba a devenir en la nota del boletín de calificaciones, tras comprobar que efectivamente no iba a ser fructífero su intento de enseñarnos a tocar a cada uno por primera vez y simultáneamente instrumentos cuyos sonidos bifurcaran en una melodía armónica. Poco atractiva me había parecido la propuesta sustituta y ninguna estima me causaba, desde que la investigación no se delimitaba a ningún aspecto concreto sobre el rock, ni siquiera al contexto de su surgimiento o de su evolución; por el contrario simplemente estaba condenado a ser una cronología histórica y básica acerca de sus fundadores más influyentes y cómo prosiguieron la tarea los músicos que en tiempo (sólo en tiempo) les sucedieron. Por otro lado, en ese momento yo era una persona bastante retraída, y no me hacía ninguna gracia reunirme con compañeros de curso a hablar sobre cuestiones tan personales como son los gustos musicales. A esto se le sumaba que, en un principio ya bastante molestia me había causado el comentario del profesor cuando recién comenzaba a manar mis primeros acordes de la guitarra que recientemente había adquirido para las clases que tomaba fuera de la escuela. Con sus mejillas rosadas salpicadas de pinceladas color tomate, producto de la rabia suscitada luego de concientizarse de que era en vano creer que en el corto plazo íbamos a lograr una imitación coordinada de Sounds of silence unificó e individualizó su descargo contra mí: “No entendés nada”.
    Fue a causa de ello que sólo por obligación y apenas en vistas a aprobar la materia, ese mismo día en la escuela dos compañeras, que se sentaban a mi lado en la ronda, y yo acordamos que formaríamos un grupo para distribuirnos la investigación, que como ya había mencionado anteriormente no tenía ningún eje orientador. Dadas las condiciones en las cuales había surgido el proyecto, en ningún momento podría haber intuido que quizás obtendría alguna experiencia que conservaría o incluso disfrutaría en un futuro.
    El método de investigación era el sospechado: cada una por su cuenta buscaría a través de Internet información acerca del surgimiento del rock y luego indagaríamos sobre los músicos más relevantes que lo habían encarnado. Fue así que nos enteramos de que existieron unos seres apodados Chuck Berry, Little Richard, Bill Halley, y además, de que el mismísimo Elvis Presley había sido uno de los primeros representantes del movimiento que recién comenzaba a explotar en los tan creativos como influyentes años ’60. Los datos eran tan vastos y las ganas de reunirnos, tan difusas que decidimos que cada una se encargaría de conseguir información por su cuenta sobre algún representante del rock, y cuando ya hubiéramos reunido un cúmulo importante de información, nos reuniríamos a recopilarla en un texto. Así, cada una pudo estudiar biográfica y auditivamente a Jimi Hendrix, Jim Morrison o Janis Joplin. El pseudo-castigo o fracaso colectivo (tanto del profesor como de su alumnado) tomaba otra trayectoria, empezaba a mutar para mí en una muestra de gratitud hacia él.
    A los Beatles, ya los conocíamos de oídos, pero fue cuando nos adentramos un poco más en las vertientes setenteras del rock que hallamos a unos ingleses quienes se robaron toda mi atención, puesto que llevaban un nombre tan cautivadoramente particular como enigmático… se hacían llamar Pink Floyd. Me dije mentalmente mientras exploraba digitalmente biografías acerca de ellos y su estilo musical que tenía que conocerlos… sí que lo haría, primero terminaría de conocer bien a sus integrantes, luego el por qué de su nombre, y a continuación, nótese el criterio musical que cargaba en esos años, observaría todas las portadas de sus discos y aquél que me produjera un impacto mayor, ése compacto sería el que escucharía en primer lugar. Si bien me habían impresionado los dos rostros metálicos que se desprendían del paisaje uniforme en The Division Bell, el elegido fue indudablemente The Dark Side of the Moon. La presencia del prisma en penumbras y una luz que al atravesarlo se reflectaba dividiéndose en luces de colores, aunada al significado que podía llegar a desprenderse del título me, intrigaba, me inducía a querer desentrañar ese misterioso simbolismo proyectado hasta en el arte del disco. No obstante, intentando hacer menguar mis expectativas, las cuales ya me habían conducido a leer el título de cada canción que constituía el disco, a tantísimas interpretaciones que de algún modo vinculasen la imagen de tapa con sus títulos, iniciales y tan sólo apriorísticas, que me dije que escucharía el disco tranquila, dejaría que del todo surgiera un concepto integrador, y me dejaría sorprender tal como cuando de manera casual había llegado a saber de ellos. Por eso, dediqué mis esfuerzos a terminar mi parte de la investigación.
    Durante la tarde de cada viernes, en el aula de computación de la escuela se llevaban a cabo prácticas de mecanografía, exigidas para aprobar esa materia, aunque asimismo se trataba de un lugar adecuado para todo aquél que quisiera terminar tareas incompletas ya fuera de esa materia u otras. De manera que allí nos dimos cita dos o tres viernes consecutivos, que desembocaron en el trabajo final terminado. Tengo que reconocer que sólo recuerdo que nuestra investigación resultó aprobada, aunque en realidad tampoco es importante con qué nota. Ahora sí tenía tiempo de inundar mi habitación de la música de mi pendiente Dark Side of the Moon, de los Floyd.
    Era uno de esos días en los cuales la única imagen que se le representa a uno en la cabeza es la de verse recostado en la cama. El invierno colmaba la tarde, dándola por terminada, la noche se instauraba desde la ventana del colectivo 136 ó 137 mediante el cual volvía a casa. A pesar de que solía disfrutar las caminatas de regreso, había sido una de las últimas clases antes de los exámenes finales, lo que equivalía a decir un período de cansancio acumulado. Mi visión ahora introspectiva que podía recuperar ahora, me decía que mi único plan para esa noche era irme directo a la cama, postergando cualquier bocado… y hasta a Floyd.
    Recuerdo que entré a mi habitación y en penumbras, el camino de la mochila culminó sobre la silla del escritorio sin desempacar. No sé por qué encendí el velador, tal vez por costumbre, o para paliar la carencia de luz externa. Observé paulatinamente la luz hacerse más intensa hasta que se encendió por completo. Su brillo se focalizó sobre el Dark Side of the Moon, que yacía junto al velador sobre un par de libros, y resplandeció. El contraste estaba funcionando. En ese momento tuve mi segundo contacto con Pink Floyd. Tomé el disco como si tratara de una obra de arte, la pieza que desvaneció el sonambulismo en el cual permanecía inmersa. Y como encantada por otro hechizo, caminé hasta la cómoda sobre la cual descansaba por esa época mi reproductor de música, lo introduje y desde esa noche no pude dejar de escucharlos hasta hoy.        
    Lo que tampoco olvidaré es la última clase de música. El profesor desordenaba una pila de discos mientras llegábamos y completábamos los pupitres situados en ronda a su alrededor. Sobre su pupitre pude apreciar una cajita plástica con el rótulo “Led Zeppelin”. En el arte de tapa se veía un extraño símbolo trazado en una cosecha rural, del estilo de los que se atribuyen a la obra de seres extradimensionales o extraterrestres, sombreado por un dirigible. En ese momento, mi tiempo psicológico había quedado congelado en el nombre y la imagen de esa banda, que también quería conocer en profundidad, cuando no me percaté de que había comenzado a sonar la que luego conocería como Stairway to heaven, canción que fue el disparador de una amena conversación sobre las bandas musicales que habíamos descubierto.  



    Quizás, sin que haya figurado en su intención fue uno de los docentes que -hasta el momento- más ha contribuido a mi formación no sólo musical, sino también personal. Por primera vez la barrera de concreto aislamiento que había erigido y me protegía de mis temores, desilusiones y desengaños amorosos cabía en las palabras de otras personas, tomaba la forma de muro, por primera vez me sentía comprendida y acompañada. Por primera vez podía hallar mi lugar. Pero no por última, porque en los estadios de tristeza, de locura, de su genial cordura condensada en cada canción se unían indisolublemente a mí, atravesándome sus reflexiones jamás cesarían, las concepciones filosóficas en torno a las cuales giraban sus discos no me abandonarían porque ya se habían adherido a mí y habían inculcado una cosmovisión que me había atravesado al punto tal que podía valorar mi vida un poco más… sin embargo, a la vez que me elevaba, me deprimía a causa de mi soledad y no podía escaparme ni un segundo de ese lado oscuro tan apacible que tenía la luna donde éramos nada más que ella y yo misma. El placer de la autosatisfacción se desvanecía cuando notaba que estaba sumida en un eco profundo que no era más que mi propia voz desolada. Y tuve que firmar una tregua con Pink Floyd, su música me remitía una y otra vez a un pozo cuyo único fondo ahora sólo podía ser el de salida. Tenía que cerrar la etapa escolar y concentrarme en la carrera que daba inicio.
    Haber retomado hace meses el encuentro con Pink Floyd y mi intención de plasmarlo a través de este texto implica cerrar otro círculo, el de una profunda etapa de desamor hacia mi vida, pero a la vez es reafirmar que conocerlos significó un antes y un después indestructible en mí, convertir el presentimiento de que nada volvería a ser igual que me irradió tras haber escuchado el Dark Side of the Moon en la soledad de mi habitación por primera vez en el sentimiento de que los he arraigado a mi esencia de tal manera que siempre serán mi compañía necesaria, porque supieron volver a llamarme a la soledad de mi habitación cuando comenzaba a precipitarme en la desilusión más grande de mi vida, porque fue cuando el lugar al cual creí pertenecer durante tanto tiempo comenzaba a resquebrajarse que sus palabras volvían a recibirme, para caer punzantes en mi alma confirmando que tenía verme cara a cara con el dolor para conocerlo, palpar sus raíces y prepararme para arrancarlo, aunque mi cuerpo me lo negara… pero que ellos estarían ahí para ayudarme a sobrellevarlo, acompañándome en esta etapa de crecimiento en la cual tenía que aprender, en parte por mis propios medios, en parte a través de esas herramientas que ellos me estaban aportando a dejar morir esa parte de mí que me estaba arrebatando la vida, perecer para renacer transformada, como la naturalidad del otoño… que luego de morir en invierno se reconstruye en primavera… en otras palabras, haberme reencontrado con Floyd con semejante intensidad no me impedirá corroborar que son y serán mi banda favorita.
    No obstante, estoy segura de que nunca derribaré por completo mi muro, porque es allí en mi soledad donde puedo verme realmente al espejo, pero la oscuridad me eclipsará sólo de a momentos, momentos que serán intercalados con otros, los cuales forman parte de mi luz, de mi núcleo de placeres que me permiten hacer de mi paso por esta vida una experiencia tan vital y que me permitirán fragmentar mi espejo cada vez que encuentre que mi esencia se aleja de quien conozco como a mí misma.   

Por eso, gracias eternas,
Pink Floyd.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Rainy day, dream away



Hey man, take a look out the window 'n see what's hapennin'
Hey man, it's rainin'
It's rainin' outside, man

  

Don't worry 'bout that
Everything's gonna be everything
We'll get into something real nice, you know
Sit back and groove on a rainy day




I see what you mean, brother
Lay back and groove




Rainy day, dream away
Let the sun take a holiday
Flowers bathe', an' see the children play
Lay back and groove on a rainy day




I can see a bunch of wet preachers,
look at them on the run
The carnival traffic noise
is sinks into splashing
Even the ducks can groove rain bathin'
in the park side pool (¿en el laguito del parque Independencia tal vez?)
And I'm leaving out of my window (desde la terraza, en mi caso)
sill diggin' ev'rything and you too




Rainy day, rain all day
Ain't no use no use in gettin' uptight
Just let it groove its own way
Let it drain your worries away






Lay back and groove on a rainy day
Lay back and dream on a rainy day


Texto: Rainy day, dream away, Jimi Hendrix 
Fotografía y edición: Lluvia desde la terraza, por mí 

viernes, 13 de enero de 2012

Una mañana diferente, un día especial

    Que esta mañana hubiera despertado junto a Él y el fresco del verano, era un destello de que este día no iba a ser habitual, porque este viernes ya había comenzado diferente. Dado que tenía que hacer algunos trámites, los había delineado mentalmente desde la noche anterior y repasado al tiempo que terminaba el té del desayuno y mis parlantes evaporaban las melodías de Oren Lavie cuya música recién empezaba a conocer. Comenzaría por comprar una tarjeta de colectivo, la de $4.60, pues sólo tenía pensado hacer dos viajes: uno hasta la oficina de papá debido a otros trámites, y el segundo, hacia la óptica donde iría a encargar unos lentes nuevos en reemplazo de los que tenía que prosiguen su existencia rayada. Así que cuando llegué al quiosco de la esquina en busca de la tarjeta, desde afuera un anuncio en hoja de impresora y tipografía bastante llamativa de color negro cambió mi rumbo: no había tarjetas, y con la leve molestia de quien termina por modificar involuntariamente sus planes ya alterados por la pena de quien vio perecer esa misma mañana su anhelada compañía en forma de mp3, y la desesperanza de encontrar otro lugar de venta de tarjetas en las cercanías, decidí que mi medio de transporte serían mis pies y que además, me calmaría a causa del mp3 pues no tendría la capacidad milagrosa de Jesús pero alguna forma tenía que encontrar para resucitarlo de ese berrinche tecnológico.
    Era una mañana atípica de enero: corría una leve brisa que amparaba del sol de verano e inducía a las caminatas bajo un cielo celeste que parecía lavado. Había vestido acorde, con una remera suelta, jean y sandalias. Por eso, en realidad no me disgustó en absoluto que mi búsqueda se frustrara. Pero esa mañana tenía algo aun más especial: su beso, cuyo aire parecía congeniar estupendamente bien con la brisa que ésta lo sellaba a mis labios mientras caminaba a paso lento, impregnándome del tiempo que encantador como extraño la vida me había regalado. Como el marinero que ante una corriente inesperada decide un viraje espontáneo en su timón, partí tomando como dirección la calle Montevideo, la pedregosa calle Montevideo que oscilaba entre luz y oscuridad a esa hora. Había olvidado mi celular, el cual también uso como reloj (tal es la importancia que le doy al tiempo físico cuando no tengo horarios establecidos que cumplir), en el departamento así que desconozco precisamente de qué hora se trataba.
    Por momentos sentí al clima tan agradable con la brisa refrescando mi cuello y mis pies que tuve una reminiscencia al otoño, estación que por sus sensaciones, sus colores y su textura tanto me gusta. Era como si a través de este epílogo que tuvo como prólogo la lluvia del martes el verano me animase a amigarse de nuevo conmigo, luego de haberlo detestado durante varios días de calor sofocante. Mientras algunas mujeres y porteros/as de edificios limpiaban las veredas montevideanas, el canto de los pajaritos revoloteaba los árboles que enmarcan en hilera la calle montevideana, y yo seguía hasta que se posaba en alguno desde donde podía apreciar mejor sus melodías. Cuando caminaba una de las cuadras de mi trayecto, unas gotas de agua salpicaron mis pies al descubierto y pronto descubrí que se habían escapado de la manguera que una mujer utilizaba para limpiar la puerta de entrada de un edificio. Le agradecí esas gotas de agua que me remitieron a momentos de mi infancia cuando durante las épocas de convivencia con el calor infernal, mojarse con la manguera en el patio de la casa de mi abuela en Firmat significaba un placer epicúreo. La mujer me miró desconcertada, como si de mis palabras hubiera surgido un acontecimiento insólito, pero luego me respondió con una sonrisa que me llevé el resto del camino. En un momento fue tal el tránsito que traía Montevideo que preferí desviar mi camino y trasladarlo a la avenida Pellegrini. De todas maneras, qué importaba seguir retorciendo mis planes y caminar una cuadra demás si el día se prestaba de buena gana para los paseantes a pie.
    Fue entonces que toparme con un edificio en construcción involucró arena en mis pies, y nuevamente, la migración a la niñez ahora en la estadía del arenero de la plaza López. ¡Qué feliz se podía ser con un baldecito y una palita juntando arena! Y luego desparramándola con el impulso de las hamacas que se levantaban sobre el mar arenoso, haciéndola volar mientras intentábamos nuestra meta de llegar volando hasta el cielo. Esa felicidad era la que tenía lugar en mi caminata mediante la presencia de pequeños momentos, preciosos momentos que encajaban precisamente para hacerme sentir realizada, aunque fuera por sólo unos instantes. Creo que no cabría explicación posible que narre su intensidad, asumo que son ajenas las explicaciones para la felicidad, siento que sólo cabe sentirla. Y luego, cuando debido a la cercanía de la oficina de papá tuve que retomar mi rumbo montevideano inicial, la volví a sentir en el saludo de los buenos días que me ofreció un amable hombre cuyo oficio lo encontró en los coches que algunos estacionan a la altura de Oroño y Alvear, cambiando el cuidado de los mismos por algunas monedas. Sin dudarlo, también me surgieron las ganas de desearle los buenos días a él, y sorprendida, al igual que la mujer a quien minutos antes le di las gracias por la pequeña llovizna que había caido sobre mis pies, continué el camino ahora a pocas cuadras del lugar donde trabaja papá.
    Me dirigí hasta Santiago. En calle Santiago se agrupa una cierta cantidad de hojas amarronadas que no pudieron esperar al otoño amarradas a las ramas de los fuertes árboles y quisieron bajar a la ciudad. De modo que me dediqué la última parte del camino a compartir su destino haciéndolas crujir. Cuando llegué a la oficina, me estaba esperando papá. Preocupado, porque había estado llamándome al celular y claro, no iba a atender la almohada, donde lo había dejado. Cada una de las personas que saludé dentro del lugar, también estaban muy amables, parecía que alguien más estaba complacido con el día. Después de haber conversado un rato, papá me acompañó hasta la puerta y prometió llamarme para invitarme a comer una pizza el próximo lunes. Hace tanto tiempo que no como pizza que ya la estoy imaginando. Aun me faltaba el segundo rumbo: la óptica, por lo que tenía que llegar hasta Alvear a esperar el colectivo al destino más lejano, el microcentro. No tenía tarjeta, pero sí contaba con algunas monedas con las cuales pagué mi pasaje después de haber sido recibida por el saludo del chofer, que no podía perderse solo en el eco de un motor fatigado y le respondí su cortesía. Me acomodé en la soledad del colectivo y mirando a través de la ventanilla aledaña al asiento, empecé a cantar mentalmente una canción de Sigur Rós, Njósnavélin cuando pensé que pasara lo que pasara, nada iba a poder opacar ese día, había llegado tal punto en que nada sería capaz de alterarlo sino sólo para superarlo. El viaje se hizo bastante apresurado, ya que el tránsito estaba liviano (¿o se habría ido navegando hasta la costa atlántica?). La parada del colectivo me dejaba a dos cuadras de la óptica. Siempre mantuve el recuerdo de esa óptica, porque cuando recién me habían recetado los primeros anteojos para ver de lejos y la rebeldía de mi adolescencia no quería saber nada de ellos, el óptico me presentó un par de lentes tan bien elaborados que logró apaciguar mi renuencia a usarlos, y sólo la cercanía de otra óptica situada sobre la vereda frente a mi casa impidió que a la nueva graduación la encargase allí. Ahora bien, ante mi sospechosa mala suerte con mis segundos lentes provenientes de la óptica cómoda, que terminaron por rayarse, decidí volver a la primera y descubrir satisfecha que todavía sigue abierta y la inflación ni los lentes de contacto pudieron arrebatarle el mismo local donde fui por primera vez en calle Mitre. Así que cuando entré, una amable vendedora me invitó a sentarme, recordándome la delicadeza que le prestan a los visitantes de su negocio, y cuando le pregunté por unos anteojos similares a los que estoy usando por defecto (los mismos que había comprado allí) me ofreció unos azulados y otros, de color marrón que no sabía por cuál decidirme. Finalmente, elegí los marrones y salí, cargando una alegría que se me notaba en la mirada, aun con los lentes que no son de mi aumento. Crucé la calle, en la esquina de San Luis cuando supe que unos vestidos estaban en liquidación en ese local. Durante la mañana del jueves, aprovechando las rebajas de verano, había salido a renovar mi escaso vestuario con la intención de conseguir algún vestido; sin embargo, no había podido encontrar ninguno que me gustara ni que simpatizara con mi presupuesto, por ello me di por vencida, sabiendo que después de todo sólo era un trozo de tela y tenía que aprender a conformarme con el que tenía. Francamente, no tengo inclinaciones hacia el consumismo que no puedan moderarse, pero en ese momento, cierto presentimiento quizás potenciado por el hecho de que ya estaba allí y apenas me podía llevar un par de minutos entrar y disipar la duda. Entonces entré y vi un vestido que hizo que valiera mi entrada, fresco, floreado y a $40 (menos de la mitad del precio que figuraba en los vestidos de otros negocios). Así fue como habiendo suprimido mis prejuicios con respecto a los negocios de ropa de la calle San Luis emprendí el regreso a casa.
    Llegado el mediodía, me encaminaba al departamento pensando en lo excepcional que había sido poder compaginarme en cada uno de esos momentos, con Él, con las personas, con el clima, con el canto de los pajaritos en unos breves pasos. Aun disfruto del regocijo que me causó haberme encontrado con las personas, saber que estaban sintiendo el día del mismo modo que yo, o que al menos podíamos coincidir en esos pequeños gestos, esos pequeños detalles que pueden tornar un día común y corriente en uno diferente, esos pequeños grandes detalles. El año pasado, aprendí que a pesar de que no pueda hacer frente contra las adversidades y negatividad que existe y predomina en el mundo, puedo preocuparme de hacer del espacio que me alberga por unos instantes un lugar más ameno por medio del sencillo saludo de los buenos días, aunque quizás no vuelva a ver a esa persona. Seguía pensando en cómo antes yo misma tendía a evitar el saludo, por ejemplo antes de entrar a un negocio, en las personas que salen cada día dispuestas a llevarse el mundo por delante, esquivando o atropellando a los que se les interpongan en medio del camino, en que me gustaría hacerles detener un momento su inmediatez para transmitirles lo halagada que me sentí luego de respirar ese clima otoñal, de conectarme con las personas en la acción de dar sintiendo a la vez en mi interior el deseo de querer devolver aquello que ese día había traído a mi mañana, como lo describe la protagonista de mi película favorita: “Amèlie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma, en ese instante todo es perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausador rumor de la ciudad. Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad la empapa de golpe”... cuando al volver por calle Laprida, divisé a un hombre agachado, quien no dejaba de exclamar su llamativo hallazgo ante una casa antigua, a pocos metros de llegar a 3 de Febrero. Esto me hizo volverme sobre mis pasos a contemplar su descubrimiento junto a él. Sucedía que un grupo casi infinito de hormigas trepaba desde la vereda a un rincón donde había una abertura expuesta a la fachada, y aun más allá de ese extremo, otra gran cantidad continuaba su curso bordeando la parte inferior de la ventana situada a la izquierda de la puerta. Indagando acerca de las razones que pudieran explicar la semejante conglomeración de hormigas allí, entabló conmigo una conversación que si no se extendió más fue porque él tenía que volver al trabajo, la cual cuminó, con su rostro y su voz que aun no podían salir de su asombro: “esas, son las coloradas” -repetía- “las que pican, las coloradas”, compartiendo conmigo una observación que me enriqueció el alma porque me colmó de humanidad...



“Soon shes down the stairs,her morning elegance she wears,the sound of water makes her dream,awoken by a cloud of steam.She pours a daydream in a coup,a spoon of sugar sweetens up”.
Fotografía de la película Amèlie.
Fragmento de la canción Her Morning Elegance de Oren Lavie. Tuve el placer de conocer su música precisamente esa mañana, y de ir descubriéndola después, a lo largo de la tarde. La elegancia matinal que casualmente me embargó ese día residió en cada una de las experiencias casi oníricas que viví gracias a las circunstancias y personas que conformaron esos momentos.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Instantes

    Nosotros sabemos que la distancia incrementa el deseo. Hacía apenas dos días (una eternidad) que no te veía, y ya quería pasearme a través de tu piel. Para colmo, el comienzo del verano nos ajusticiaba con su calor, y nosotros haríamos un pacto de calor en nuestros cuerpos, pero tenía que ser de noche, pues cuando el verano encuentra su pesadumbre, yo hallo mi luminosidad en la penumbra.
    Entonces, recibimos (porque aunque me hablaban a mí, nos estaban citando a los dos) aquella llamada telefónica, y la distancia se disolvió de repente imperceptible, como el azúcar en el café amargo de la mañana temprana, como el viaje en colectivo que se hace repentino cuando se funde con la compañía de la música, como las obligaciones que se esfuman ante la concreción del encuentro tan alegremente insospechado.
    Tácitamente nos dijimos que no necesitábamos más luces que las de nuestros ojos. Sin embargo, la ventana no podía estar cerrada, pues habíamos esperado esa noche durante toda la semana. Mientras nos acomodábamos en el sillón, la oscuridad se apoderaba de la habitación, consintiendo sólo a la brisa que precede al vendaval a soplar en nuestros cuellos. El viento diseminaba el anuncio de la lluvia a lo largo de la sala de estar, su aroma fabricaba el ambiente. El cielo pálido comenzó a teñirse de un color gris, las pinceladas de acuarela eran de parte de las nubes cargadas de gotas, pues habíamos esperado esa lluvia durante toda la semana, y no por apagarse las estrellas el cielo deja de evocar su gracia. La belleza esta vez comenzó a caer en forma oblicua. La belleza caía o en realidad estaba elevándose. El perro se había tendido junto al sillón, haciéndonos compañía elaboraba también el ambiente. Se había establecido tal conexión, que no podía ser interrumpida; la dulzura del agua nos llamaba a llover con ella, sintiendo su humedad penetrándonos hasta los huesos retornábamos al cielo y luego a la tierra, y después de estacionarnos en el pasto del jardín éramos impulsados de nuevo por el vendaval que nos cavaba el cuerpo. No obstante jamás dejamos de sonreír ni de sentir ese cosquilleo que delata a la felicidad puesto que sabíamos que ese era su gesto, estábamos recuperando la fuerza natural (aunque durara apenas un momento), y era tan placentero... estábamos integrados, éramos tan humanos.
    Tantos besos no podían caber en una canción. Si antes, en Rosario había deseado estar como lo estaba ahora sentada en tu regazo, en este momento lo único que deseaba era disfrutar de ese instante, desarmarme en armonía con el trueno y rearmarme en ese ratito perfecto de silencio, de pausa calma que otorga el refucilo tan cómodo como utópico de ciudad, extraviarnos por un momento del alboroto de la urbanidad y detenernos en ese instante con la inmortalidad del abrazo que ama. Sin necesidad de palabras y con el chaparrón murmurando en la ventana, nos dirigimos a la habitación para eternizarlo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

"Como la comida o más"

   Algún grado de herencia nórdica debe haberse entremezclado con las raíces italianas de mis antepasados, pues ya son demasiadas las coincidencias: mi preferencia hacia el clima frío y otoñal por sobre el cálido, la fascinación y el misterio que me suscitan esos paisajes mágicos de bosques y montañas que aun no conozco donde a los caminos los traza la tierra, mi encanto por el acento musical francés, Sigur Rós, Yann Tiersen, Amiina, Ólafur Arnalds... y ahora, ¡quizás mi ascendencia involucre hasta los mismos Elfos!, de acuerdo a esta observación que Bilbo le hace a Frodo durante su estadía en Rivendel...
   [...] “Los hobbits nunca llegarán a necesitar de la música y la poesía y las leyendas tanto como los Elfos. Parece que las necesitaran como la comida o más.


La Comunidad del Anillo,
J.R.R. Tolkien