domingo, 20 de junio de 2010

Confiamos en las mentiras

   Seguramente, resultará casi imposible resistirse a un hombre vestido de guardapolvo, con un doctorado en sus manos y una placa a un costado en la parte superior del pecho, que lo confirma. Inmediatamente, nos inspirará confianza, ya que escuchará atentamente nuestros problemas y estará ahí para brindarle solución a su problema. Sin embargo, ¿hasta qué punto los médicos no son sino subordinados dependientes, incluso empleados de los laboratorios, cuyos medicamentos prescriben en cada consulta? la postergada, pero a esos días obligada visita al médico, me llevé, además de una prescripción y unos retos, un pequeño folleto bastante colorido y llamativo, sobre la tan famosa gripe A, o H1N1, como la haya adoptado su léxico.
   En la presentación, lo que se aprecia es casi una postal, que ocupa la mayor parte de ésta, inundándonos de imágenes conmovedoras. Allí se puede ver a un hombre cariñoso con su pequeño hijo, y la mamá, embarazada sonríe a su lado ante ese momento de ternura y complicidad, tomándole la mano a su esposo. A su vez, en un marco aun más colorido, una pareja de ancianos camina apacible, despreocupados en lo que parece ser un parque.
    Ahora bien, cuando pasamos a la primera hoja, nos encontramos con una gran cantidad de texto disperso en diferentes párrafos cuyo aumento de tipografía y cambio en la tonalidad de color es directamente proporcional a lo paranoico de su contenido. Comenzando con una estadística, ya vemos aparecer la palabra muerte, y en relación a niños y ancianos, para luego pasar a leer las indicaciones a fin de prevenir esta enorme amenaza. Otra vez las sobrecalificaciones de la enfermedad. A propósito, durante el simposio Prevención y Estado Actual de la Gripe 2009, se concluyó que en 2008 murieron 3600 personas en Argentina (en promedio, 10 por día, y considerando que la cifra no variará en demasía de un año al siguiente) a causa de la gripe común, mientras que 626 fallecieron el año pasado consecuencia de la gripe A (sólo abrir con bajos niveles de paranoia).
    A continuación, si nos queda aliento para proseguir la lectura, el susodicho folleto nos dirige hacia las vacunas y su efecto inmunoestimulante, dixit. Esto mejoraría las defensas del organismo en general para prevenir la enfermedad mediante el desarrollo de anticuerpos. ¿Pero alguien realmente puede creer que un licuado de tejido renal de mono, mercurio y otros metales pesados, como también aluminio, lo provocará? Tan sólo, deténganse a las reacciones adversas de algunos medicamentos, si logra descifrar la ínfima letra del prospecto y sus complicados componentes. Además,  conforme al dr. en Odontología y especialista en Salud Pública y Bioterrorismo, Leonard Horowitz, cuyo documental Confiamos en las mentiras recomiendo ver en su integridad, hay un error cuando se afirma sobre dicho efecto, pues el mismo sólo se produce al exponernos naturalmente a proteínas extrañas que desafían nuestro sistema inmune, y cabe decir que es prácticamente imposible que se nos vacune de todas las plagas existentes. Por el contrario, lejos de su tan mentada y difundida bondad, las vacunas sólo serían responsables de hipersensibilización y contaminaciones masivas, teniendo en cuenta la exigencia del seguimiento riguroso al calendario de vacunación que imponen las escuelas públicas del país. Pero entonces, ¿de dónde proviene esta creencia? Buscando más artículos en la  tan infinita y libre red, me topé con uno, publicado originalmente por la dra. Rebecca Carley en el cual explica esta falacia ya dogmatizada: "la observación de que los mamíferos se recuperan de las infecciones de microorganismos, adquiriendo inmunidad natural para responder a infecciones posteriores". Según el libro Biología, la vida en la tierra, de Teresa y Gerald Audesirk, y Bruce E. Byers, profesores de biología, en 1798, el médico Edward Jenner descubrió que la infección con una enfermedad de las vacas llamada vacuna (cowpox) confería inmunidad a la viruela, de ahí la raíz etimológica de la palabra.
   En realidad, después de que el cuerpo ha sido invadido por antígenos, ya sea por virus, bacterias y otros microorganismos, el sistema inmunitario organiza dos tipos de ataque: las células B, cuyos anticuerpos circulantes secretados al torrente sanguíneo, proporcionan la inmunidad humoral atacando a los invasores antes de que puedan entrar a las células del organismo, mientras que las células T producen la inmunidad mediada por células, atacando a los invasores que han penetrado en el cuerpo.
   Cada célula B lleva un tipo específico de anticuerpo en su superficie. Al presentarse una infección, los anticuerpos de unas cuantas células B pueden unirse a los antígenos del invasor, provocando la división rápida de estas células B. De este modo, las nuevas células clonadas producen grandes cantidades de sus anticuerpos específicos y los vuelcan al torrente sanguíneo, protegiendo contra los invasores que se encuentren allí, como sustancias químicas o bacterias, hongos y otros microbios parásitos. Sin embargo, algunos de ellos, por ejemplo las infecciones virales son vulnerables a la respuesta humoral y logran ingresar a las células del organismo.
   El proceso se completa a través de las células T, las cuales en sus cuatro tipos producen la inmunidad mediada por células, cuya especie citotóxica secreta proteínas que rompen la membrana plasmática (estructura laminar que engloba a las células) de una célula infectada. Este ataque se activa cuando los receptores de la membrana de la membrana de la célula T se unen a antígenos presentes en la superficie de la célula infectada. Incluso, en algunos casos las proteínas liberadas por las células T citotóxicas son similares o idénticas a las que las células asesinas naturales utilizan para crear agujeros gigantes en la membrana de la célula blanco. Además, las células T auxiliares, también poseen receptores para los microbios que han quedado atrapados dentro de la membrana plasmática de los macrófagos (fagocitan, es decir comen todos los cuerpos extraños que se introducen al organismo, como bacterias y sustancias de desecho de los tejidos). Al unirse a un antígeno, dichas células T liberan sustancias semejantes a hormonas que ayudan a otras células inmunitarias a defender el cuerpo. Por su parte, son las células T supresoras las encargadas de actuar una vez que se ha vencido una infección, ayudando a detener la respuesta inmunitaria tanto en las células B como en las células T citotóxicas. Tras haber cesado la infección, algunas células T supresoras y auxiliares persisten, funcionando como céulas de memoria. Al igual que las células B de memoria, éstas ayudarán a proteger al organismo contra una infección futura, conservando la inmunidad a esa cepa específica de microbios durante muchos años, quizás toda la vida. Este desarrollo, bastante complejo, por cierto es conocido como inmunidad natural, si bien es el único existente.
   Retomando la explicación de la dra. Carley, dicha observación llevó, entonces a interpretar que inyectando antígenos extraños en el cuerpo humano, éste estaría inmunizado contra una posible infección. Luego, esta creencia en el marco de un mundo sin guerras mundiales como regulador natural demográfico, y la preocupación por el incremento de la población dentro del capitalismo devastador, fue adoptada como verdad absoluta.
   Sin embargo, no se tuvo en cuenta que el tracto respiratorio de los mamíferos contiene IgA secretora, un anticuerpo situado en la membrana mucosa, que impide la entrada de los microorganismos. A fuerza de la introducción directa de agentes patógenos en el torrente sanguíneo, allí no sólo permanecerán, sino que además proliferarán y mutarán, dado que el sistema inmunitario, a su vez  debe encargarse de eliminar los antígenos  en el ambiente. Siendo que los dos mecanismos fundamentales del sistema inmunitario, celular y humoral,  actúan mediante una relación recíproca e inversa, cuando uno se ve estimulado, el otro es inihibido, la vacunación resultará en una hiperactividad del factor clave en el desarrollo del cáncer y  de las infecciones. Es entonces cuando la supuesta prevención se transformará en enfermedad, que no podrá ser curada suprimiendo la función  esencial del sistema inmunológico.
   Es así como Estados Unidos, mediante las manos verdes de Rockefeller, quien monopolizó la salud de este país en la década del '30, además de Rusia y Japón, importó lo mejor de la camada científica nazi en la operación Paperclip para el desarrollo de lo que sería el bioterrorismo en un laboratorio situado en Camp Detrick, Maryland (actual Fort Detrick). Aunque descripto como "modesto" por funcionarios del gobierno esparcidores de propaganda, cuyas prácticas de investigación ya se habían iniciado en 1941, empleando alrededor de 300 científicos, entre ellos 240 microbiólogos, bajo la dirección de George W. Merck, presidente de la farmacéutica Química Merck.
   Durante la década del '60, ya no tenemos guerras de destrucción masiva. A pesar de ello, se han instalado las resonantes guerras contra el sida y el cáncer, que matan lentamente y cuya licencia de supervivencia es costeada por los pacientes... y esto no es vida.
   De hecho, en 1963, se reunía un gabinete estratégico sobre política global en Iron Mountain, cercano a Houdson, New York con la finalidad de debatir sobre las posibilidades de sostenibilidad económica en un mundo sin guerras. Dicho encuentro concluyó en el "Informe de Iron Mountain sobre la Posibilidad y Conveniencia de la Paz", el cual trataba la vicisitud de comenzar el siglo XXI, conservando tanto las riquezas de las empresas, como el número de la población en creciente aumento, controlables. A razón de ello, veían las funciones de la guerra sustanciales, para el progreso político, económico y social, pero naturalmente no querían destruir nada de la costosa infraestructura construida, conocida la devastación de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, era necesario encontrar un factor, cuyo impacto fuera de tal magnitud que la emulase en sus efectos, "un sustituto político viable de la guerra, debe identificar una amenaza externa generalizada para cada sociedad de una naturaleza y de un grado lo suficientemente importantes como para justificar la organización y aceptación de una autoridad política", tal se leía en el citado informe.
   Es más, el documento -clasificado- pedido por la administración Nixon al premio Nobel de la Paz, por entonces secretario de Estado, Henry Kissinger versa sobre las implicaciones  del crecimiento demográfico mundial para la seguridad e intereses de Estados Unidos.  Allí se recalca: "los habitantes urbanos de barrios pobres (pero aparentemente no emigrantes recientes) podrían servir como una fuerza imprevisible y violenta que amenazara la estabilidad política". Y continúa... "se deben confeccionar acciones y programas adaptados a países y grupos específicos", todo incluido en su plan para reducir la población del mundo, y sobre todo la del llamado tercer mundo.
   En resumen, el objetivo fue la búsqueda del control social alternativo a la guerra convencional, mediante nuevas formas de esclavización, que atraídas por el miedo proporcionaran con su voto de confianza, la estabilización de la economía. Así, por ejemplo nació el terrorismo, subterfugio infame para dar continuidad al bioterrorismo, o las promocionadas campañas de vacunación ante la súbita aparición de nuevas y extrañas patologías, sumada a la paranoia en textos grandes y de todos los colores de las que hacen eco los medios de (des)información. Tan sólo deténganse a ver el absurdo que plantea esta propaganda que ya atrofiaba la cabeza de la población en los años '50.
  
Just duck and cover!
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   Por último, es momento de concentrarnos en el virus de la gripe A, o enfermedad de los barbijos, o la que relanzó el mercado del alcohol en gel, y también puso en jaque a los cerditos. A modo de ilustración, recordemos cómo comenzó todo, así como se desvaneció, de la nada.

Érase una vez en México...
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   Al día de hoy, y sólo a través de sitios casi ignotos, nos llegan noticias acerca de que los europeos se niegan a vacunarse y existen dudas sobre la efectividad de la vacuna.  De este modo, no desperdician oportunidad para hacer muestras de su solidaridad, como el gobierno de España, que donó cuatro millones de vacunas a Colombia, Bolivia, República Dominicana y Nicaragua, aunque los medios de mayor alcance en el país,  como el diario La Nación, se dedican a inducir a la población a que se vacune,  con títulos como "No se vacunó el 38% de los que deben hacerlo". Incluso,  encabezados por Wolfgang Wogard, epidemiólogo y presidente de la Comisión de Salud, del Consejo de Europa, catorce miembros de la Asamblea Parlamentaria solicitaron a este último una inmediata investigación sobre la alarmante alerta que emitió la Organización Mundial de la Salud, apenas conocidos pocos casos infecciosos, sumada a la promoción de drogas apenas testeadas. Pues bien, no es la primera vez que lo hacen: en abril de 2009, Pfizer, la mayor empresa farmacéutica del mundo fue obligada a pagar 55 millones de euros de reparación -resultos durante un acuerdo extrajudicial- después de un ensayo clínico del medicamento Trovan, que tuvo lugar en el estado nigeriano de Kano y causó la muerte a 11 niños en 1996, así como cantidad de discapacitados.
   Mientras observo con frecuencia alguna tableta de pastillas en alguna cartera o bolso, en casa, nos tranquiliza haberles reservado un lugar en algún cajón a frascos de todos los colores y tamaños terminados en -aco o -ixina. Esto se llama drogo-dependencia y también es una patología.
   Hoy yo puedo elegir, pero muchos no, quienes se ven sometidos a prolongados tratamientos contra el cáncer o sida, que en el ánimo de aumentar sus expectativas de vida, sólo incrementan la cantidad de medicamentos que deben consumir, y su costo. Por eso, es hora de que despejemos ese manto de ignorancia o conformidad  en el cual se envuelve cada vez mayor cantidad de personas, enfatizando en  los daños colaterales de las actuales políticas de salud. Si bien Bayer formó parte de IG-Farben, el mismo consorcio auspiciado por Adolf Hitler que Rockefeller, Kissinger, Nixon & cía. captaron  para llevarse a su país, y sus investigadores participaron en experimentos médicos realizados con prisioneros, además de haber forzado a miles a trabajar en condiciones infrahumanas en sus fábricas, hoy vende sus pastillas, persuadiéndote: "Si es Bayer, es bueno" y todo el mundo conoce su slogan, incluso muchos llaman con el nombre  de aspirina al genérico ácido acetilsalicílico. ¿Increíble? ¿Acaso no decía Joseph Goebbels (Ministro de la propaganda nazi) "Miente, miente que algo quedará"? A propósito, adivinen quién firma el mencionado folleto acerca de las vacunas sublinguales, que me dio el puntapié para escribir este artículo.
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