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jueves, 5 de febrero de 2015

procurándome mi Tierra

¿dónde ha quedado mi Tierra?
agrietando la coraza inexpugnable... 
así me acerco
donde prosperan mis flores rojas...
ahí arraigo mi encuentro

con un fruto de la Tierra se alzó Eva
la oscuridad es al invierno,
la antesala de la primavera 
y mi útero pone
el fuego y la leña
 
     Las imágenes que ilustran mi micro-texto son obras de arte creadas por Zanele Muholi con sangre recolectada de su ciclo menstrual. Las elegí como acompañantes porque lo que se dio en nuestro encuentro fue una sincronicidad, con la impronta junguiana del concepto: coincidencia significativa de fenómenos vinculados no de manera causal sino por el sentido. Fue una conexión menstrual con ella y con cada mujer que está intentando experimentar su ciclo de un modo más natural, tendiendo hacia la aceptación que deriva del autoconocimiento. Lo que quiero decir es que el texto de arriba vino a mi mente antes de haberme encontrado con los dibujos de Zanele. Podemos decir que los símbolos fluyen y nos embargan por sí solos, como las flores rojas en el sangrado de nuestra menstruación.
    Al respecto, quiero comentar que ya son varias las artistas que utilizan su propia sangre como materia prima de sus dibujos; algunas conocidas en la red son Vanessa Tiegs y Juliaro. Por su parte, el blog La Carpa Roja les propuso a sus lectoras dejarse inspirar por su menstruación, la cual se encuentra en clara correspondencia con algunas fases lunares (para profundizar este conocimiento recomiendo el libro Luna roja, de Miranda Gray). 
    Lo llamativo, para mí es que el pasado año en México se convocó a mujeres y también a hombres a un concurso de dibujos realizados únicamente con sangre menstrual. La galería completa puede visitarse virtualmente, y allí mismo se enseñan técnicas de conservación, dilución y secado de la sangre para lograr alguna como estas maravillosas obras de arte, así que mi conclusión viene por el lado de que habría que iniciarse en esta práctica. Aún más, contando con el antecedente de que fueron hombres quienes consiguieron los dos primeros puestos: artemenstrual.org/resultados. Inferimos que, forzosamente, ellos tienen que haber sido provistos de la sangre menstrual por alguna amiga, pareja o hembra de parentesco. De cualquier modo, soy una romántica expuesta (¿o una  chisgarabís?: mujer entrometida) y me encantaría conocer la trama en la cual empezaron a crearse dichos dibujos, porque además me agrada descubrir que están cargados de simbolismo arcaico femenino cuya comprensión portan de seguro estos muchachos.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Un rincón

   Existe un rincón en Rosario, al cual las garras ambiciosas disfrazadas de humanos no se lo han devorado y todavía sabe a eucaliptus. Queda donde la atmósfera retorna apacible que las manos sólo pueden atreverse a deshojar algún recuerdo para volverlo mágico. Porque allí nadie camina con los alardes de dueño... ni siquiera los pajaritos que esparcen su andar gracioso, pidiendo permiso a las ramas y a la tierra, mientras el viento invita un momentáneo vals a las hojas de los árboles entre susurros de libertad. Al fin y al cabo quién sabe si no ha quedado a salvo debido a la contingencia de haber crecido entre la vorágine citadina y la majestuosidad del río.

   Se cuenta que allí resulta más fácil alegrarse que quejarse, como si la contemplación de esta naturaleza nos contagiara de esa parte nuestra que quedó sepultada bajo nuestra piel de cemento. ¡Qué amables son estos paisajes, capaces de entregarnos la armonía en una postal de aroma, sabor y movimiento! También fue cordial el destino, como si hubiera previsto nuestra ruta trágica, para permitirnos la vista en colores y poder alcanzar a descubrir cómo el solitario gomero aprendió a vivir junto a un jacarandá.


De la gaveta de textos sin publicar, 2/2/2012
(Esquina de Jujuy y Corrientes, encaminándose hacia el río)

miércoles, 8 de octubre de 2014

Analfabeta

     Durante algunos días, una paloma visitó la ventana de la habitación... pero no se trataba sólo de eso... yo diría que la exploraba minuciosamente.

     Transitaba el curso de la ventana cuando la descubrí. Arrullaba solitaria, inclinaba su cabeza de tanto en tanto reaccionando ante las posibilidades de mi humana presencia. Su estadía por lo general duraba hasta que, intentando acercarme a ella, yo le causaba un espanto que justificaba un vuelo despavorido.


      Una vez, sus andanzas desembocaron sobre el techo de una casa vecina, donde se encontraba otra paloma. Luego, traté de comprender los motivos: aquella había estado aguardando el detallado informe de mi visitante... y preparando el inicio de un picoteo, que fue correspondido de inmediato. Entonces, me alejé para dejarla regocijarse en la calidez de la intimidad. Transcurrido un lapso de tiempo considerable, mis oídos indiscretos se percataron de que había regresado a la ventana en compañía del susodicho galán, como si él quisiera verificar por su cuenta las conclusiones de la paloma investigadora. Até los cabos cuando la vi depositar una rama diminuta: la tenaz paloma intentaba construir su nido en la ventana de la habitación. Para el día siguiente, se habían agregado algunas ramas formando óvalo. De ningún modo yo quería ser una mala anfitriona, por el contrario estaba encantada de que una pareja apasionada de palomas hubiese encontrado reconfortante mi vecindad. Pero había un límite más sólido que el erigido por la ventana. Sigo siendo una analfabeta. En mi intimidante actitud yacía la imposibilidad. Luego, un viento se llevó el nido y este proyecto aún no ha vuelto a ser retomado.


      Entrado el mediodía de hoy, mi gata empezó a pronunciar gorjeos mientras yo, para variar, había decidido proseguir una lectura recostada en la cama. La experiencia me indica que ella sólo actúa de esa manera en presencia de otros animales, como aves o insectos. Enseguida, aparté la vista de mi lectura y la enfoqué en su semblante meditabundo. Arrellanada sobre una mochila (que hace aproximadamente 2 meses tengo que lavar) y sin sus patas a la vista, cómodamente ocultas bajo su mullido cuerpo, miraba a través de la ventana, con su cabeza levemente alzada. Me incorporé sutilmente, no del todo para no interrumpir aquella premonitoria escena y en la justa medida que me permitiría apreciarla. Sobre el edificio que se levanta enfrente había una paloma. Por supuesto, no tengo idea si esa paloma será la misma que se había entregado a la valiente tarea de emprender un nido frente a una representante de la especie que las ha declarado una plaga. Pero allí se encontraban mi gata y la paloma, en conjunción a través de la ventana. Pienso que entre ellas también existe una imposibilidad, pero sospecho que es de otra naturaleza.


Además, pienso que se lee mejor con esta música...   

viernes, 1 de noviembre de 2013

Todavía una A encerrada en un círculo

     Pero qué ingenuidad que se aleja del anarquismo ésta de sentarme a pedirle favores a la democracia a través de un blog del montón... peco de delirios de grandeza y no me falta mucho diámetro para caber en lo patético como en otras ocasiones. Esta clase de comportamiento de mi parte alude a una actitud que creía haber soltado y hasta revertido, de dejar de buscar las fallas en lo ajeno y tratar de reconocerlas en lo propio, o al menos ser un poco más equilibrada cuando subo a la balanza. Lo que rescato de ese párrafo sí, es que fui/soy irresponsable durante la votación. Cuando podría haber expresado mi voluntad, no tan tranquilamente, claro porque desde los medios oficiales se habían encargado de desestimar a todo aquel que quisiera maratónicamente abstenerse del acto electoral poniéndole a su falta el comedido precio de 150 pesos en multa. Sin embargo, aún así soy irresponsable porque todavía disponía de una atribución a mi favor, la de poder anular mi voto como lo había hecho en el primer estadio electoral. Cuántas veces he pensado "si todos anularíamos nuestro voto, no podría asumir nadie", se evidenciaría una resistencia... Sigue siendo decepcionante tener que concurrir obligada a un acto que debería ser tan importante para mí como ciudadana, y ante el cual ya no tengo ninguna expectativa. Pero si algo he aprendido es a dejarme de pretensiones y "ver el vaso medio lleno". Por eso como arrepentirme no cambiará en nada lo acaecido, tampoco tendrá ningún sentido hacerlo. Las resistencias pueden comenzar a labrarse por otras partes.     

domingo, 27 de octubre de 2013

Una A encerrada en un círculo

     Me despierto una mañana, cuya calma deja entrever domingo al tiempo que un noticiario que me llega a través de un aparato de radio aledaño la tacha de renovación de cargos políticos. Me levanto. Aquello no deja de extrañarme. Procuro extender mis brazos hacia ambos lados, separo mis piernas a breve distancia y entonces se reafirma. Sé que hoy no puedo ser otra cosa más que una letra encerrada en un círculo. Una A por elección en el sostenido intento de tender a escapar y tratar de expandir su esfera, no para evadirse, porque lo que quiere en realidad es libertarse un poco más. Pero también es una A la que quisiera pedirle a esta democracia enclenque algo simple y puntual, que algún día pueda transmutar este deber de asistir a donde no me llaman en derecho de concurrir a donde quiero conducirme. Porque cabe decir que lo que me motivó a introducir esas papeletas en aquellos sobres fue un descarte, razón por la cual mis votos se cantaron falsos y por ende, todo mi cometido fue irresponsable. Este pedido va sobre todo por ella, para que pueda sincerarse consigo misma, porque sus representantes no dejan de regresar para abusar de los colores y someter a las palabras, para manchar desde nuestros recuerdos hasta nuestras utopías, con la indeleble excusa de pretender cambiar las cosas.

miércoles, 17 de abril de 2013

Extravagantes


Nos corrompen hasta el cosmos, y
Nos hacen creer que esto es vida 
Nos arrastran a lo inhabitable
Nos persiguen hasta en los sueños que nos faltan
Nos constriñen
Nos encogen
Nos amasan
Nos emancipan de la individualidad
Nos exilian de la colectividad
Nos separan
Nos ponen en contra
Nos reducen
Nos destituyen
Nos quedamos, igual
Nos obstruyen
Nos recluyen
Nos quiebran en llanto
Nos gastan el cambio
Nos movemos, sin embargo
Nos conducen a la locura como último refugio,
Nos amarran a la culpa, y luego
Nos prescriben la normalidad
Nos recuerdan desmemoriados
Nos controlan educándonos
Nos educan limitados
Nos empujan al olvido
Pero en el fondo nos necesitan tanto como nosotros no los necesitamos a ellos. Extravagantes
Nos hacemos responsables

viernes, 21 de diciembre de 2012

Gracias a un corte de electricidad...

     recuperé a un castaño compañero. La lluvia ya no era amena, derramaba las gotas como golpes que azotaban. La lluvia velaba la noche con ininterrumpido estrépito. La radio casi nunca suele sentarse a mi lado, menos en estos días de ausencias. Así fue que me sentí inducida a dirigirme hacia el rincón que forman mi cama y el equipo de música. Allí estaba, obturado, pequeño expulsado de mi mirada. Lo rescaté del polvillo en el que estaban sumergidas sus vestiduras. Lo desnudé lentamente, temía hacerle daño, más de lo que ya había causado el paso del tiempo. Pero su piel llevaba la misma delicadeza de aquellos años que guardaron mis recuerdos. Suspendidos, supo que volvía a ser yo. Nos apoyamos sobre la cama, tomé su cuerpo y cuidadosamente lo acomodé sobre mí. Rezumaba el aroma que esperaba encontrar. Sabía a madera encantada y clara. Transmitía el hechizo de algún bosque lejano donde existen duendes y sabios. Me animé a improvisar. Aunque creo que le despeiné las cuerdas. Se puede entrever un arrullo de algún lago surcando esas pobladas tierras mientras lo arreglo un poco. Un momento... necesito una canción que conmemore esta noche de oscuro encandilamiento. Me bañaré en el lago, ya que la brisa en las manos se siente bien. Me dejaré llevar, ya que él me ha arrastrado hasta ahí. Nunca podría haberme conducido hasta ahí bajo el dominio de mi voluntad, él me ha llamado indudablemente. Me susurró en el aire algo así como: "vení, aunque sea mordé acordes de mí y arrojáselos a la noche inquieta que truena los sueños. Dale, vení que se quiere quedar hasta mañana y jugar a nublarle la vista al Sol". Trato hecho, intentemos remediar con un poco de memoria el presente inundado. Disfrutemos el intento, mirá que puede mojarse también. Qué calidez fue que hablase él primero antes de que yo consiguiera hacerle decir unas notas... demás está escribir que demoré bastante rato en poder hacerlo. Como sea, se ingenia para no hacerme desafinar tanto y despejarme del tumulto, del barullo, del ruido a agua o a gente insomne que desde el anonimato de los edificios se atreve a desgarrar la noche a gritos. Con sólo los dos acordes que componen Songbird me sacó una gran sonrisa, de encías asomadas, pero es más que eso... instrumento querido, guitarra.

  

sábado, 29 de septiembre de 2012

Bicicleteada emocional

     Gracias por haberme propuesto la vuelta, pero no quería molestarte. Me habías dicho que tenías pensado trabajar en el balcón con las plantas... ¿y qué mejor trabajo que el de ocuparse de la Vida? Entonces, tendría lugar mañana, y mi deseo de estar contigo, que ahora esperaría paciente. Pero ante los primeros reojos hacia la bicicleta estacionada frente a la puerta del departamento, mi entusiasmo no pudo responder a que los giros de las manecillas indicaran el día siguiente, y partió, llevándome consigo y a la bici recién autorizada por el mecánico para rodar de gestos propios, los caminos humanos desandados por los cuatriciclos de hedor y humo.

     A ellos no los conocía hasta esta tarde en el parque. De las pedaleadas me había despojado sola, hace unos cuantos años... aunque mis recuerdos pueden llegar a estar encubriendo una década seguramente. Así que sobre la bicicleta, sólo podía andar a las caídas. El parque me recibió diferente, el Sol y hasta la gente, parecían visualizar mi alegría, que no reparaba en contener. Por primera vez crucé a personas que hacía tiempo no veía, y lo más interesante fue haber constatado que me ubicaban todavía en alguna fotografía de sus vidas. Las flores a veces también se diseminan, todo comienza por saber recoger los indicios. No se me dificultó descubrir que a ese día tenía que hacerlo. Intenté por todos los medios contagiar de ese entusiasmo a mi torpeza, pero no pude. Como a la hora de danzar, los movimientos se me habían secado. Dudé en llamarte, me había prometido no hacerlo, sobreviniese cualquier imprevisto (bastante previsto, valga la acotación). Estabas ejerciendo una de las más bellas formas de amar, depositando tu confianza en la tierra, en el cosmos por entero y a pesar de la ciudad que nos cercena la huerta. Y mi ego se apoderó de mi tristeza, y marqué tu número para interrumpirla y que vinieras en rescate de la soñadora empequeñecida contra el pasto. Perdoname, aún no termino de reprocharme no haber podido deshacerme de él.

     Tal vez era el lugar el que no completaba mi ramillete de indicios. No me refiero al parque, sino al rincón dentro del parque. Se me ocurrió que quizás tendría que regresar al sitio donde había comenzado todo hacía tiempo ya, cuando por fin cambiaba las rueditas agregadas a la rueda trasera, por la brisa del aire libre. Así que a pie y junto a la bici, surqué pequeñas lágrimas hasta que me encontró la belleza de uno de los lapachos rosados junto al planetario. No quería decepcionarlo justo a su lado. Justo allí esbocé un intento nuevamente, erradamente, subiendo al asiento sin antes haber posado un pie sobre algún pedal era claro que mi destino no iba a ser otro que el suelo. La bicicleta casi se desvaneció, evitándolo yo, por poco, cuando alguien me llamó sin saber mi nombre. La primera imagen que me acudió fue la de un perrito, de esos lanudos y blancos como ovejitas, que suelen verse paseando en las calles rosarinas. Pero los perros cuentan con la suerte del ladrido. Así que dirigí mi mirada hacia uno de los lados, y se me apareció una chica quien se encaminaba hacia mí. Se presentó con una sonrisa, antes que con su nombre y mientras le contaba sobre mi deseo de reestrenar la bicicleta de mamá después de tanto tiempo, me mostró cómo podía dejarme conducir por ella. Apoyar un pie sobre el pedal y luego sentarme, ese fue el consejo.

     La mirada atenta del perrito siguiendo los juegos humanos que no quieren desaparecer, la chica componiendo espontáneamente su solo estar junto a mí constituyó el envión. De repente recuperé el equilibrio. Cuando se separó del manubrio y me sentí salir andando, algo volvió hacia mí, algo que me empujaba a volar, aunque sólo fuera soñando arriba de la bicicleta. Los veía alejarse a la chica, al perrito, al lapacho, pero pronto supe que lo hacía sólo desde el parámetro con el que mide la experiencia, que comenzaba a aproximarme de otro modo... podía flotar entre los suspiros que exhalaban las ruedas. El entusiasmo inicial se estaba correspondiendo con los tropezones, las personas más inesperadas en las cuales uno parece haber dejado huellas, otro viaje de ida hacia un pasado que no existe más que en nuestra percepción, que nunca existió en la infancia, el calorcito que ya huele a primavera, el lapacho que asistía a mis alas de ruedas, la resonancia emocional de un coro de pajaritos que me atrapó en sus voces, el perrito ovejita y la chica que ahora guardan conmigo ese recuerdo.

     Caída, invadiendo el aire las primeras veces, maquillada de lágrimas ante mi inexplicable idiotez, indagaba el impulso inspirándome en el Sol luminoso a pesar del frío y las nubosidades, recogiendo las ganas que pueden vislumbarse aún diseminadas, caería la próxima, con gracia y lo disfrutaría, mi cuerpo motorizaba el impulso sin dualismos mecánicos. Un cambio en el manubrio es capaz de virar el horizonte. Mientras me empapaba de felicidad bañándome al Sol y a la luz de tan vívidos momentos, prometí no soltarlos al capricho del tiempo. Esa felicidad que puede caber en apenas instantes porque no se rige según el tiempo terrenal, y las infinitas gracias que no conseguía dejar de enunciar me disiparon de la mente preguntarles a la chica y al perrito sus nombres, pero intuyo que no fue otra torpeza. Sé que no los olvidaré.
  

jueves, 26 de julio de 2012

Perfectamente asemejados

     Se encuentra sentada observando un espectáculo del cual aún no es parte. Alrededor, la gente, sentada o de pie, se acomoda ante la inminencia del recital anunciada por el despertar de las luces de colores y la presentación de los instrumentos musicales dispersándose sobre el escenario. Desde allí, una banda acuñada en el momento Familia Fa-Sol se va agrupando mientras ella, desde el suelo, sigue preguntándose acerca de instrumentos que aprecia por primera vez. En su interior, le corretean las ganas de disfrutar como lo ha hecho a lo largo de una tarde que no sólo adoptó los colores del Sol y del cielo celeste, sino que inhaló la textura del parque, el aroma al aire libre celebrado con mate, y pronto, los sabores de deliciosas tartas y porciones de budín casero de camping. A su lado, su tierna compañía le recuerda qué bello es sentirse amada... y qué ganas le brotan de retribuir lo recibido y de saberse entonces dadora, para aguardar con el anhelo de quien espera el arribo del beso que estaciona en los labios pero cuya sustancia asciende al alma. Qué impulso cuando suena la música, y lo ve oscilar su cabeza de un lado a otro al ritmo de unos tambores (todavía sigo sin haber descubierto sus nombres exactos), sus brazos complementan la simetría conjugándose con la melodía que ya lo ha alcanzado, su ser todo sincroniza, como acompañado por una ella que allí está presente pero que sólo se atreve a bailar en su interior.

     Los niños siempre son los primeros en levantarse rumbo al juego, ellos aún no saben de la simpatía que el adulto le guarda al disimulo, sus cuerpecitos tejen formas tan inverosímiles como vivaces sin atender a los reparos que pueda prestar un ignoto observador. Y ella... bastante grande ya... no puede pararse sobre sus dos piernas a causa de algún intersticio a través del cual insiste tozuda la timidez. Si al menos pudiera significar con el cuerpo su encanto por la música, si pudiera entusiasmarse con los movimientos libres de algunas parejas que recreaban la pista inventada por los niños... los niños que con apenas haber entablado algunos juegos, bailaban dibujando una ronda. Y yo, cautiva de mi mente, encadenada a mi falta de espontaneidad persistiendo allí al piso de mi indecisión.

     No sé si referirme a él o a ella, porque su invitación entrañó todo su ser. Dejando los bolsos a un lado, sacamos a danzar a la realidad, y en cuanto a la ensoñación, creo que la guardaste... gracias por haberla guardado dentro de la mochila. Qué osadía me representabas, poder comprender el alcance de la obra de creación que implicaba acudir a la imaginación que marcaban mis pies... ¡qué dicha acompañarte siguiendo tus pasos! Ensayaba la aventura del artista que elabora arte por arte, y aún se atreve a introducir al placer en la ecuación. Delirio avalado por la multiformidad yoica hessiana éste, el de transmutar multiplicándonos en diversos haces. Fuera de tiempo, como descriptos por la consigna del día, vibrábamos sostenidos por las notas, siendo empujados en un trance musical conducidos por una bella voz femenina a producir saltos también en espacio y aceptar terminar transportándonos al universo cuántico perfectamente entrelazado. Allí donde cabe cualquier posibilidad, donde es factible creer que todavía se es como un niño al cual ni se le ocurre sospecharse incapaz de contar con los lápices de colores necesarios para trazar una danza de realidad con brazos y piernas extendidos. Perfectamente asemejados. 

jueves, 14 de junio de 2012

Hoy es un día perfecto para desintegrarse

     Si bien a este texto lo escribí a fines del año pasado, con el paso del tiempo me di cuenta que no tenía realmente intenciones de publicarlo, en cambio prefería reservármelo para mí como huella de este cambio, de esta determinación tan importante que he tomado, la cual no sólo se funda en la decisión de haberme cambiado de carrera, sino que concierne una nueva perspectiva ante la vida siempre demarcada por la consecución de los valores de humanidad que quiero incorporar y cultivar en lo que dure mi camino en ésta. Pero este año creí que iba a ser fundamental transmitir esta transición a la escritura en sus primeros pasos, sobre todo porque el cambio también atañe al blog, en su dirección, y una canción incluida en este disco tiñó de su influencia a un nuevo título, de manera que me he decidido a publicarlo aquí y compartirlo con quienes gusten leerlo. Por lo demás, pienso que es pertinente anticipar que todo el texto fue producto de mi ensimismada como modesta interpretación de los temas que integran dicho álbum.



Hoy es un día perfecto para desintegrarse 

     No puedo estar apartada de la música, menos aún ante un cambio tan importante como el que estoy atravesando, necesito estar acompañada de las adorables vibraciones que traducen en notas los sonidos del alma. Desde luego, voy eligiendo mi banda sonora de acuerdo a mi estado de ánimo para que potencie mis sensaciones, pues sintiendo con intensidad me percibo vital, y en esta ocasión pude redescubrir por medio de las traducciones de sus letras a una banda tan magistral y excepcionalmente poética como lo es The Cure, adecuando las canciones que forman parte del disco Disintegration a mi experiencia subjetiva.

     El álbum comienza con una canción cuyo título podrá resultar paradójico, ya que no es para nada simple.. inicia su recorrido circular emanando susurros del viento que sabemos precede a la lluvia, y un centelleo semejante al reflejo de la Luna sobre un paisaje bañado de oscuridad crecen gradualmente, sólo entrecortados por campanas que enaltecen en un ensueño, mientras nos conducen a la voz apenas perceptible y envuelta en una especie de bruma de Robert Smith... pero un momento... Robert nos confiesa en Plainsong “Y el viento está soplando como si fuera el fin del mundo'. Vos dijiste: ' Y está tan frío, es como el frío si estuvieras muerto”. Esta imagen, que parece ser ensombrecedora, particularmente no lo es, porque él no está muerto o al menos no completamente pues luego su interlocutor le sonríe para qué él mismo replique más tarde: “Creo que estoy viejo y estoy sintiendo dolor. Vos dijiste: ' Y todo está acabándose, como si fuera el fin del mundo ' “. Cuando uno se siente viejo, desgastado y más aun afligido se hace inminente un cambio, una lluvia que con sus gotas nos lave y desnuble la vista a fin de dar cuenta de aquello que tanto presentíamos: una destrucción del mundo del cual nos sujetamos sólo dependerá de la desaprensión del mundo como lo conocemos, sólo así podremos recuperar la marcha. El frío nos recordará que aun sentimos, siendo lo bastante fuertes como para encontrarnos en el abismo, y aun así desgarrar a la neblina, buscando ese lugar concéntrico donde en la noche se guardan los rastros de luz. Si la Luna es satélite de la Tierra, y tan bien lo suple al Sol cuando éste se esconde del otro lado de nuestro planeta. Al igual de esperanzadora que la lluvia o la sonrisa de quien entabla diálogo con él en forma de canción.

     A su fin, de inmediato comienza a cautivarnos la melodía tan encantadora como melancólica de Pictures of you, la cual nos narrará el remordimiento, la desazón e incluso el auto-reproche que a veces suscita y deviene al hecho de tener que dejar algo atrás, desprendiéndonos definitivamente de ello. Finalmente culmina en forma de lamento, que encierra y resume su desarrollo. “No hay nada en el mundo que yo haya querido tanto que sentirte en lo profundo de mi corazón. No hay nada en el mundo que yo haya querido tanto que nunca sentir la ruptura de todas mis fotos de ti”. ¡No se imagina Smith, al subir y bajar su voz la forma en que nos conmueve el alma y al quebrarla, nos la desintegra en mil pedacitos!

     Tenemos que superarlo, debemos hacerlo, de otra manera aquello nos consumirá, nos apagará y jamás querríamos decepcionar al Sol, que nos irradia de vida en su luminosidad. Entonces se nos presenta Closedown cuyo significado podría traducirse en un cierre perpetuo, ese punto final que tanto se ansía, porque “se me acaba el tiempo, estoy desfasado, y me estoy apagando”. Resulta extraño tanto como magnífico cómo las canciones de The Cure por más oscuras o perturbadoras que puedan ser, siempre conllevan algún tinte brillante, del cual puede soltarse en el momento menos esperado una armonía embriagadora. “Siempre tengo la necesidad de creer de verdad en algo más que en burlas. Si al menos pudiera llenar mi corazón de amor”. Es lo que anhelamos, la vibración que sólo puede surgir de nuestro interior, la más hermosa por elevada que nos llevará a la verdadera evolución porque une y no destruye, el amor.

     Entonces la transición nos llevará a Lovesong, un tema que además de ser uno de sus más difundidos tiene como cualidad el hecho de que a pesar de la apariencia en el título, en realidad no entraña en su pegadizo como angelical 'riff' una canción de amor (más allá de que en lo singular Robert Smith se lo haya dedicado a su esposa), sino que representa en parte una falsa esperanza en su hundimiento. Subrayemos la palabra solo, para apreciar mejor el contexto. “Cada vez que estoy solo con vos, vos me hacés sentir como si fuera libre otra vez. Cada vez que estoy solo con vos, vos me hacés sentir que estoy limpio de nuevo”. Aquí nos encontramos solos con esa situación, porque aún permanece el recuerdo en la cabeza, a pesar de que ya todo se haya quebrado. En cuanto al concepto del disco, siguiendo la línea anterior, el mensaje sería algo así como dado que uno aunque lo intenta, sus resultados son fallidos, y no puede olvidar, entonces deviene el autoconvencimiento, se promete en este caso que se seguirá amando a esa persona que ya no le corresponde, y de este modo se lo promete a ella también, dejándole la carga de la culpa porque es quien ha dejado de actuar recíprocamente y por otro lado porque es claro que aun no pudo superar siquiera enfrentarse a ese dolor, quizás por temor que de veras lo está desintegrando, aun más; verse obligado a cumplir esta clase de promesas, puesto que como escribió Nietzsche “se pueden prometer acciones, pero no sentimientos pues éstos son involuntarios. El que promete a alguien amarle siempre u odiarle siempre o ser siempre fiel, promete algo que no está en su poder. Lo que puede prometer son acciones que, en verdad, son ordinariamente las consecuencias del amor, del odio, de la felicidad, pero que puedan también provenir de otros motivos, pues a una misma acción conducen caminos y motivos diferentes. Por consiguiente, la promesa de amar siempre a una persona significará: mientras yo te ame, te prodigaré las acciones del amor; si dejo de amarte, continuarás recibiendo de mí las mismas acciones, aunque por otros motivos, de suerte que en la cabeza de los demás hombres persista la apariencia de que el amor es inmutable y siempre el mismo. Se promete, también la persistencia del amor cuando, sin cegarse a sí mismo se promete a alguien un amor eterno”. Pienso que cuando alguien empieza a actuar llevado por la costumbre, comodidad o conformismo, su estado es lo más similar a la pasividad, nada lo moviliza, el deseo se ausenta desconocido, se muere prolongadamente. Con esta afirmación no estoy avalando el divorcio, sólo he adoptado una visión de hacer las cosas apasionadamente, porque de haber convenido en una decisión así es claro que es debido a que se ha alcanzado cierto grado de crecimiento personal y de comprensión producto del tiempo de conocimiento entre dos seres que los ha motivado a crear lazos muy fuertes entre ellos.

     Citando a Heráclito, “en los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos”. Si bien nuestra individualidad permanece intacta, conservamos nuestro nombre y apellido, y podemos vernos al espejo como una persona de carne y hueso, conforme verificamos nuevas experiencias, nos abrimos a diferentes conocimientos, podemos tener mayor alcance de otras realidades y nuestro interior se va nutriendo de aquellos elementos, que si somos sinceros también los volcaremos hacia el exterior, creando nuestro propio cambio. Ahora bien, depende de la velocidad con la cual lo realicemos y cuántas expectativas apostemos a ese cambio, realmente puede asustarnos. Porque una nueva verdad puede desestabilizar y sacudirnos el mundo que hemos estructurado, o que en su defecto (casi siempre); amoldado a nosotros, sobre los cimientos de un sistema de creencias que todo el tiempo están en juego enraizadas entre las más atrevidas variantes. Cuando esa llamada idealización se desmorona, cuando la ceguera se desnuble a causa de la lluvia, y el mundo no sea más que el reflejo de nuestra mente, ¿seremos capaces de arriesgar nuestra felicidad al costo de ser honestos con nosotros mismos? El órgano de Last Dance me da punzadas... “Pero Navidad llegó tarde esta vez, más triste y más fría, sin su antiguo esplendor y alegría. E incluso si nos emborracháramos, no creo que lograra besarte como antes lo hacía, pues donde antes veía una niña, ahora encuentro a una mujer”.

     Sin embargo, sobre todo al tema que más me abracé, ya que me identifiqué realmente con él fue a Lullaby, encandilada por su melodía angelical a partir de la cual da comienzo. Siempre me suscitó fascinación e intriga la realidad paralela de los sueños, cómo caemos irremediablemente sumidos ante él, o ese “hombre araña” que atrapa a nuestro costado consciente y libera al inconsciente, dejando con ello al descubierto todos nuestros deseos, sentimientos y pensamientos más profundos. Mientras cuando estamos despiertos tenemos cierto poder de decisión respecto a mostrar alguna cualidad o atenuar otra, en este aspecto las limitaciones son inexistentes, carecemos del discernimiento sobre cómo actúa, es puro inconsciente fluyendo y refluyendo, y nunca sabemos qué es lo que nos puede deparar allí donde nuestra mente no tiene nada qué hacer más que dejarse fluir. La melodía suave, los acordes que se van apagando con el bajo in crescendo y nos introducen en el órgano que prolonga esta combinación surrealista, introduciéndonos a una voz que culmina en susurro, la cual nos lleva a esa lírica tan macabra como sentida, tan mágica como incierta, como escrita para quienes no sólo dormidos soñamos, sino también despiertos. Esta canción me estremece de tal modo que me conmueve. “Y sé que esta mañana despertaré en el frío tembloroso. Y el hombre araña siempre está hambriento”... y aunque nos topemos con temores que acechen nuestros sueños, no por ello dejaremos de soñar, porque pronto vamos a despertar y comprobar que sólo fue una pesadilla, y nunca, jamás permitiremos que nadie robe nuestros sueños.

     Como en una danza de guitarras sónicas, se va enalteciendo Fascination Street, mientras cede el paso a unos tímidos acordes de bajo que endulzan este solapamiento. El hundimiento se intuye, colapsa toda la introducción para dejarnos sin habla ante esta sinfonía guitarrística, eclipsados por cada una de sus secuencias que nos transportan a un estado que resulta lo más semejante a lo onírico. Y vamos a movernos al ritmo como si supiéramos que se va a acabar, tambaleando entre sueño y pesadilla, entre los difusos límites que distinguen la realidad de la ficción. Basta acondicionarnos por la penumbra, para quedarnos librados ante ella, en nuestras más racionales e incrédulas mentes harán torsión.

     Si hablamos de una canción sobre la cual Robert desparramó los trozos de su alma desintegrada fue en aquella que le da nombre al disco. Disintegration es minuciosidad, crudeza por completo que retrata el desmoronamiento, el estar tocando fondo. Ahora, si hubo una canción que realmente sentí que me ha traspasado la piel, tengo que hacer una ruptura en la sucesión ordenada del disco y remitirme a la última del disco, porque esa canción es devastadora en cada una de sus palabras, tan precisamente elegidas, como si hubiera estado observando mis momentos de angustia o más aún, como si también Smith los hubiese protagonizado. Esta canción refleja el miedo, la falta de certezas, el auto-reproche sumado a la necesidad de tener que dar explicaciones, las desesperanzas porque vamos a desintegrarnos y luego ¿qué ocurrirá?... “Y ya ahora el tiempo se ha ido. Otro tiempo desperdiciado, desesperadamente combatiendo al diablo, futilmente. Sintiendo al monstruo trepar dentro de mí, sintiéndolo roerse todo mi corazón. Nunca perderé este dolor, nunca soñaré contigo otra vez”. ¿Es que acaso podrá olvidarse el dolor, o tendremos que contentarnos con echarle un cobertizo pues quedará latente para resurgir cuanto menos lo temamos?

     “Las horas se han ido, malgastando el tiempo, todas ellas esperando la lluvia”. Antes de que diera comienzo Prayers for the rain en el interior de mi cuerpo ya había alumbrado el cambio, fluyendo navegaba a través de mi sangre, inundando esos obsoletos cercos autoimpuestos, desanegando trechos de caminos ni siquiera alguna vez imaginados. Eran mis propias estructuras, mis mismísimos cimientos los cuales me estaban resquebrajando. Me he convertido en una oradora y la lluvia se ha transformado en mi objeto de oración, siempre la anhelo, pues la lluvia tan ambigua, que entraña al igual que estruendo y calma, entre la luz y la oscuridad, la humedad y la purificación, representa la combinación perfecta para comenzar la mutación, el pasaje necesario que luego da lugar al sol, la energía de los rayos atravesándome y las gotas golpeteándome en lo más íntimo de mis reproches, destruyendo uno a uno mis engaños... tendiendo a escuchar, comenzando a vivir la explosión de sentidos que brota de mí, sólo faltaba encontrarme, reconectar mi energía, embriagándome de lluvia. Hoy ya no temo a la claustrofobia de hallarme escudriñando mi alma. Ahoguemos estas falsas expectativas, no debe haber salvavidas que logren contener todo su peso, llevémonos a flote sólo los verdaderos sueños. The same deep water as you. Y odiemos intensamente esta casa y su apaciguamiento, el arrepentimiento no nos conducirá a un verdadero aprendizaje sino a la frustración del error que persiste. Una casa no es siempre un hogar, y si le somos agradecidos al dolor, ya no dolerá esta ausencia, Robert.

sábado, 2 de junio de 2012

Bellas almas



    Aunque muchos se empeñen en demoler de un puñetazo los valores que construyo cada día, aunque muchos ignoren cuántos esfuerzos deposito en la consecución de éste, mi mayor objetivo, aunque muchos olviden que puede erigirse un enorme muro a partir de un pequeño desliz de miradas, aunque tantos no se representen en mis palabras la voz de mi alma, aunque la soledad en ocasiones en lugar de mi rincón placentero sea la consecuencia de mi sinceridad, aunque siempre me cueste levantarme de la cama y salir a que me envuelva la rutina, aunque me cueste también levantarme y salir a ver a niños que con la sola compañía de su tristeza pasan su tiempo relvolviendo basurales, aunque me fastidie la desesperanza por poder hacer sólo un poco, aunque no son escasas las veces en que me desanime dar cuenta de la profundidad a la que se ha instalado la contaminación, aunque me desespera incesantemente la posibilidad de plantearme que a mis valores me los tengo que guardar para mí sola, porque fuera no hallo lugar para compartirlos, y más aún porque el sistema dicta que hay que acostumbrarse a sobrevivir por uno mismo… aún la vida es capaz de asombrarme y enamorarme al ligar mis caminos con los de bellas almas que hacen su manifestación a través de personas a las cuales me resultó completamente impracticable no poder retenerlas a la brevedad... es un fenómeno que rara vez sucede, cuando parece que se conoce a alguien desde hace bastante, aunque apenas hace un tiempo que han entablado trato. Será porque encierran y a la vez liberan todas aquellas cualidades que uno (o al menos yo) no podría dejar pasar en una persona, porque cuando emiten su voz se denota que lo hacen con todo su cuerpo y algo más... que su sola presencia irradia los deseos de querer pasar horas y horas sin estar haciendo nada más que intercambiando conversaciones e infinidad de detalles tan propios y mutuos, porque de sus rayos se desprenden enseñanzas, porque saben cómo hacer que la pena duela menos, porque mis pequeños sueños cobran un significado aún mayor cuando me ayudan a sostenerlos, y sobre todo porque a través del presente acto de compartir que se nutre del acto mágico de dar asentamos nuestros valores y nos constituimos cada vez más como humanos. 

    A quienes se sientan parte de este entorno, de verdad, gracias, son sumamente especiales.

domingo, 13 de mayo de 2012

Sobreviven


    Acabo de llegar a casa, una reminiscencia me invade la mente y retrasa mi rumbo a la facultad. Los pasos me conducen hacia mi habitación, el bolso de trabajo culmina su día sobre el piso junto a la cama, donde yo me siento. Cierro los ojos, no puedo, no quiero dejar de recordar…

     Cercada por la multitud y 9 de Julio y Corrientes, extranjera del alboroto invariable, una débil presencia intenta surcar la ausencia edificada como fortaleza gris. Algún suspiro grave ha conseguido retener el aire de la fugacidad. Algo había secuestrado mis pasos que no pudieron hacer más que desandarse. ¿Quién será el ser cuyos labios se aúnan con su alma y junto a sus manos elaboran en la musicalidad su escape de la ciudad? Recorta una pieza de su alma y la arroja en varias melodías a la suave brisa del día medio soleado y atiborrado de urbanidad. Alzo la vista pues quiero capturar este milagro con la completitud de mis sentidos. Pero desde la vereda no se deja ver. Tampoco logro reconocer la melodía. Quisiera saludarlo. ¿Quién será el ser que ensaya una distracción de la invisibilidad?

    Se deja escuchar. Entonces sueña una conexión y se anexa desde un rincón. Por algún motivo ha decidido evocarla en ese momento y la siento como un obsequio, la incorporo como un obsequio que no puede rechazarse. Los objetos que provienen del alma se ligan al alma y no pueden revertir jamás esa unión creada, pues es su naturaleza y destino, son éstos quienes nos eligen, no nosotros a ellos. La música de un saxo me eligió ese mediodía, mi camino sucumbió ante ella, me traspasó la piel y quedó prendida en mi interior, en mi profundidad más invisible ella hallaba resguardo. En la calle rebosante de estruendo se había instaurado el enlace. Un ser recién engendrado adquiría su voz y emitía su mensaje, mientras otro se abría para escucharlo, lo arropaba en sus brazos, y ambos se contagiaban de luz. Lo que ambos habían concebido durante tanto tiempo se instalaba en uno y otro, como una flor que tras un tiempo de haber permanecido fecunda en su capullo un día resuelve desenvolverse al mundo, como un pájaro, que ya carga con vuelos y cielos ensancha nuevamente sus alas a un nuevo cielo para expresar un nuevo vuelo, quisiera remontarme hacia donde esté y agradecerle.



    En medio de los vínculos que no terminan de enlazarse, de las cadenas que nos sujetan a la inercia las melodías de un saxo enarbolan su existencia y adquieren su sentido en los oídos de un otro invisible a sus ojos, pero a quien no deja de pertenecer… sobreviven. Un perro coincide en mi estadía, acaricio su negrura, el perro fija su mirada atento a la mía, nos sostenemos en la mirada y no nos importa si hay alguien más que nosotros, porque entre nosotros no se encuentra nadie más, nuestro lugar está demarcado aquí y ahora y nos reconocemos. Me despido de él, tengo que seguir camino o se me hará tarde para ir a una de mis tan ansiadas clases. El perro me sigue y luego se detiene unos momentos a un costado de la calle. Ha descubierto un charco de agua del cual beber, vestigio de la tormenta de la noche anterior. Estoy segura de que a las notas del saxo también las conservaré para el resto del camino y en la inmortalidad de este texto. Sobreviven.

domingo, 6 de mayo de 2012

The lunatic is in my head



     Mezcla de bronca y de tristeza, de estupor e indignación, de vergüenza por mí misma y por los demás, de angustia que arrasa su clímax y ensimismándose sobrepasa a la conciencia de que no me formulo las mismos interrogantes que los demás, no me cuestiono los mismos presupuestos, mi mente no consigue asumir certeza de las mismas realidades fácticas. Cada lágrima derramada ha bebido sorbos de la pena de mi alma, que al desbordarme en mi cauce es exteriorizada después de comprobar durante apenas dos horas la magnitud de los esfuerzos desperdiciados, el desgaste de ánimos cuyo trayecto podría ser guiado a la concreción de metas que nos involucren hasta el más débil de nuestros huesos, hasta el más profundo de nuestros órganos, que nos penetren y luego abriguen como hogar, para darle cuenta el punto al cual hoy nuestra vida está siendo truncada, lo más preciado que tenemos está siendo consumido, nuestro valor como personas, se nos está tornando objeto en vez de protagonistas, se nos compra y se nos vende, se nos usa y se nos desecha y sin embargo, lo confirmamos mediante cada una de nuestras pequeñas acciones, lo damos por hecho y así contribuimos al saqueo sistemático desde la comodidad, desde la desconfianza, desde el egoísmo, desde la envidia, desde el miedo, desde la inseguridad, hacia la completa distorsión de la vida humana.


    Es desde hace tiempo uno de los principales ejes de mi vida llegar a afianzar cada vez más un estado que por cuanto lo creo voluble, una vez que hemos logrado adquirirlo merece ser ejercitado a diario, o mejor aún, a instante, a razón de que en cuanto menos nos percatemos de su presencia y descuidemos de él, puede desarraigarse de nuestro cuerpo, porque justamente su estancia no reside en él, sino en un lugar al cual no muchos ni se aproximan pues no logran ver la semejanza que no se aprecia con la mirada y que se esconde bajo ropas y pieles… en verdad, no creo que todos nazcan bajo tal condición, es por ello que una vez que se recibe, tal estado debe ser ejercitado a diario o mejor aún, a instante, a razón de que cuanto menos nos percatemos puede perderse… y es debido a que esta cualidad no forma parte de nuestra naturaleza que como personas tenemos que aprender a aprehenderla practicando la humanidad como un acto automático, como si quisiéramos emular un acto de esencia.

     Sin embargo, al mismo tiempo una pregunta me amanece y vuelve a rondarme en la mente cada uno de mis días antes de ir a dormir, ¿en verdad podremos lograrlo si la acción concreta y manifiesta se ha diluido? Si hacemos caso omiso al compromiso, si transferimos a delegación nuestro derecho a participar y dirigir nuestros modos de vida, si nos cuesta ver que la rosa no sigue siendo rosa sin su espina. Ese graffiti que estampaba una esquina de la calle 3 de Febrero y se me inscribió por primera cuando regresaba del parque Urquiza, entonces debe tener razón. “Violencia es quedar indiferente ante tanta miseria”. Violencia es aquella que cometemos todos los días, cuando nos dejamos caer ante la inevitabilidad de que siguen cubriendo al mundo de sufrimiento a nuestra costa, cuando leemos acerca de los males que se han hecho y luego pasamos a otro tema, es que son invisibles las bombas de la resignación, el mayor crimen que podemos cometer contra nosotros mismos. ¿Por qué? Es una pregunta que podría ser formulada hasta por un niño. ¿Por qué nos hemos atrincherado en la guerrilla? ¿Por qué hemos retrocedido hasta perder la batalla previo a haberla comenzado? ¿Cuándo seremos capaces de librar la guerra por la verdadera humanidad?
    
    Pero ésta primero es una batalla interna. También se me permite saber de la existencia del alma cuando me punzan los dolores de los insultos, me estremecen los deseos de muerte arrojados unos contra otros, aunque duren la finitud de un partido de fútbol, el estremecimiento que me provoca ver la separación vociferante, no deja de perseguirme y atormentarme la condenada marginación de mi dolor que encierra el peso del dolor compartido, pues consiste en la miseria que nos aborda a todos… que en mi tiempo psicológico no dura lo que en una reunión una momentánea queja contra el gobierno que me hunde crónicamente, pues la individualidad de mi cuerpo ya no es suficiente para contenerlo y pugna por hacerlo emerger empujado en una acción. Es la única manera, es que siempre ha tenido que ser así, Demian ya lo había predicho, sólo el pensamiento vivido tiene valor... es que yo he abrazado con fuerza a la humanidad como mi ideal. Si mi desprecio hacia mí misma me desmembra cuando noto mi escaso aporte para poder revertir esta enajenación, si me desarmo al no poder hacerme comprender, si puede que definitivamente sea una trastornada nacida en un mundo con mayoría de cuerdos. ¿Dónde quedó extraviada la calma del saludo? Asoma de nuevo el muro antes de que intente surcar la mirada.

     Muchas veces me planteo si acaso el verdadero mal no nos será inherente (en algunos en mayor proporción que en otros), si la destrucción no nos estará signada de nacimiento, o si tal vez continúa siendo implantado para mantenernos parcialmente ciegos, diariamente forjadores del equilibrio que aparenta no terminar nunca de desplomarse y siempre hacerlo un poquito más, para que constantemente nos astille... entonces se hacen más fuertes mis deseos de humanidad, mis aspiraciones de jamás dejar de interrogarme a mí misma, de mirarme al final de cada día hacia adentro y cuestionarme cuán verdaderamente humana fui a lo largo del día... de cuestionarme cuál será el mal originario, aquél que se las ingenia astutamente para ir zanjando los otros, el que a la vez alimenta mis deseos para salir de mi caparazón a rebatirlo de una vez por todas, y que lo único que haya para destruir sea esta ambición de infundir el consumo por todos lados... la enfermedad a la cual no acabamos por suministrarle cura por (querer) creer que tenemos que seguir, porque tenemos que deslomarnos si queremos alimentarnos, porque de alguna u otra manera en algún lugar tenemos que vivir y como estamos históricamente situados dentro de un estado nación hay que pagar las cuentas… aunque realmente no sea un camino dirigido a la humanidad.   

sábado, 21 de abril de 2012

How I met Pink Floyd

Aún recuerdo la primera ocasión que oí hablar de Pink Floyd. Se trataba de un día en el calendario del 2006, quinto y último año de mi curso en la escuela secundaria. Particularmente, se trataba de la clase de música, nos sentábamos formando una ronda debido a la escasa presencia de alumnos, ya que cuando hubo que elegir una disciplina extracurricular, la mayoría había preferido apuntarse en arte. El profesor nos había encargado un trabajo grupal de investigación sobre la historia del rock cuya evaluación iba a devenir en la nota del boletín de calificaciones, tras comprobar que efectivamente no iba a ser fructífero su intento de enseñarnos a tocar a cada uno por primera vez y simultáneamente instrumentos cuyos sonidos bifurcaran en una melodía armónica. Poco atractiva me había parecido la propuesta sustituta y ninguna estima me causaba, desde que la investigación no se delimitaba a ningún aspecto concreto sobre el rock, ni siquiera al contexto de su surgimiento o de su evolución; por el contrario simplemente estaba condenado a ser una cronología histórica y básica acerca de sus fundadores más influyentes y cómo prosiguieron la tarea los músicos que en tiempo (sólo en tiempo) les sucedieron. Por otro lado, en ese momento yo era una persona bastante retraída, y no me hacía ninguna gracia reunirme con compañeros de curso a hablar sobre cuestiones tan personales como son los gustos musicales. A esto se le sumaba que, en un principio ya bastante molestia me había causado el comentario del profesor cuando recién comenzaba a manar mis primeros acordes de la guitarra que recientemente había adquirido para las clases que tomaba fuera de la escuela. Con sus mejillas rosadas salpicadas de pinceladas color tomate, producto de la rabia suscitada luego de concientizarse de que era en vano creer que en el corto plazo íbamos a lograr una imitación coordinada de Sounds of silence unificó e individualizó su descargo contra mí: “No entendés nada”.
    Fue a causa de ello que sólo por obligación y apenas en vistas a aprobar la materia, ese mismo día en la escuela dos compañeras, que se sentaban a mi lado en la ronda, y yo acordamos que formaríamos un grupo para distribuirnos la investigación, que como ya había mencionado anteriormente no tenía ningún eje orientador. Dadas las condiciones en las cuales había surgido el proyecto, en ningún momento podría haber intuido que quizás obtendría alguna experiencia que conservaría o incluso disfrutaría en un futuro.
    El método de investigación era el sospechado: cada una por su cuenta buscaría a través de Internet información acerca del surgimiento del rock y luego indagaríamos sobre los músicos más relevantes que lo habían encarnado. Fue así que nos enteramos de que existieron unos seres apodados Chuck Berry, Little Richard, Bill Halley, y además, de que el mismísimo Elvis Presley había sido uno de los primeros representantes del movimiento que recién comenzaba a explotar en los tan creativos como influyentes años ’60. Los datos eran tan vastos y las ganas de reunirnos, tan difusas que decidimos que cada una se encargaría de conseguir información por su cuenta sobre algún representante del rock, y cuando ya hubiéramos reunido un cúmulo importante de información, nos reuniríamos a recopilarla en un texto. Así, cada una pudo estudiar biográfica y auditivamente a Jimi Hendrix, Jim Morrison o Janis Joplin. El pseudo-castigo o fracaso colectivo (tanto del profesor como de su alumnado) tomaba otra trayectoria, empezaba a mutar para mí en una muestra de gratitud hacia él.
    A los Beatles, ya los conocíamos de oídos, pero fue cuando nos adentramos un poco más en las vertientes setenteras del rock que hallamos a unos ingleses quienes se robaron toda mi atención, puesto que llevaban un nombre tan cautivadoramente particular como enigmático… se hacían llamar Pink Floyd. Me dije mentalmente mientras exploraba digitalmente biografías acerca de ellos y su estilo musical que tenía que conocerlos… sí que lo haría, primero terminaría de conocer bien a sus integrantes, luego el por qué de su nombre, y a continuación, nótese el criterio musical que cargaba en esos años, observaría todas las portadas de sus discos y aquél que me produjera un impacto mayor, ése compacto sería el que escucharía en primer lugar. Si bien me habían impresionado los dos rostros metálicos que se desprendían del paisaje uniforme en The Division Bell, el elegido fue indudablemente The Dark Side of the Moon. La presencia del prisma en penumbras y una luz que al atravesarlo se reflectaba dividiéndose en luces de colores, aunada al significado que podía llegar a desprenderse del título me, intrigaba, me inducía a querer desentrañar ese misterioso simbolismo proyectado hasta en el arte del disco. No obstante, intentando hacer menguar mis expectativas, las cuales ya me habían conducido a leer el título de cada canción que constituía el disco, a tantísimas interpretaciones que de algún modo vinculasen la imagen de tapa con sus títulos, iniciales y tan sólo apriorísticas, que me dije que escucharía el disco tranquila, dejaría que del todo surgiera un concepto integrador, y me dejaría sorprender tal como cuando de manera casual había llegado a saber de ellos. Por eso, dediqué mis esfuerzos a terminar mi parte de la investigación.
    Durante la tarde de cada viernes, en el aula de computación de la escuela se llevaban a cabo prácticas de mecanografía, exigidas para aprobar esa materia, aunque asimismo se trataba de un lugar adecuado para todo aquél que quisiera terminar tareas incompletas ya fuera de esa materia u otras. De manera que allí nos dimos cita dos o tres viernes consecutivos, que desembocaron en el trabajo final terminado. Tengo que reconocer que sólo recuerdo que nuestra investigación resultó aprobada, aunque en realidad tampoco es importante con qué nota. Ahora sí tenía tiempo de inundar mi habitación de la música de mi pendiente Dark Side of the Moon, de los Floyd.
    Era uno de esos días en los cuales la única imagen que se le representa a uno en la cabeza es la de verse recostado en la cama. El invierno colmaba la tarde, dándola por terminada, la noche se instauraba desde la ventana del colectivo 136 ó 137 mediante el cual volvía a casa. A pesar de que solía disfrutar las caminatas de regreso, había sido una de las últimas clases antes de los exámenes finales, lo que equivalía a decir un período de cansancio acumulado. Mi visión ahora introspectiva que podía recuperar ahora, me decía que mi único plan para esa noche era irme directo a la cama, postergando cualquier bocado… y hasta a Floyd.
    Recuerdo que entré a mi habitación y en penumbras, el camino de la mochila culminó sobre la silla del escritorio sin desempacar. No sé por qué encendí el velador, tal vez por costumbre, o para paliar la carencia de luz externa. Observé paulatinamente la luz hacerse más intensa hasta que se encendió por completo. Su brillo se focalizó sobre el Dark Side of the Moon, que yacía junto al velador sobre un par de libros, y resplandeció. El contraste estaba funcionando. En ese momento tuve mi segundo contacto con Pink Floyd. Tomé el disco como si tratara de una obra de arte, la pieza que desvaneció el sonambulismo en el cual permanecía inmersa. Y como encantada por otro hechizo, caminé hasta la cómoda sobre la cual descansaba por esa época mi reproductor de música, lo introduje y desde esa noche no pude dejar de escucharlos hasta hoy.        
    Lo que tampoco olvidaré es la última clase de música. El profesor desordenaba una pila de discos mientras llegábamos y completábamos los pupitres situados en ronda a su alrededor. Sobre su pupitre pude apreciar una cajita plástica con el rótulo “Led Zeppelin”. En el arte de tapa se veía un extraño símbolo trazado en una cosecha rural, del estilo de los que se atribuyen a la obra de seres extradimensionales o extraterrestres, sombreado por un dirigible. En ese momento, mi tiempo psicológico había quedado congelado en el nombre y la imagen de esa banda, que también quería conocer en profundidad, cuando no me percaté de que había comenzado a sonar la que luego conocería como Stairway to heaven, canción que fue el disparador de una amena conversación sobre las bandas musicales que habíamos descubierto.  



    Quizás, sin que haya figurado en su intención fue uno de los docentes que -hasta el momento- más ha contribuido a mi formación no sólo musical, sino también personal. Por primera vez la barrera de concreto aislamiento que había erigido y me protegía de mis temores, desilusiones y desengaños amorosos cabía en las palabras de otras personas, tomaba la forma de muro, por primera vez me sentía comprendida y acompañada. Por primera vez podía hallar mi lugar. Pero no por última, porque en los estadios de tristeza, de locura, de su genial cordura condensada en cada canción se unían indisolublemente a mí, atravesándome sus reflexiones jamás cesarían, las concepciones filosóficas en torno a las cuales giraban sus discos no me abandonarían porque ya se habían adherido a mí y habían inculcado una cosmovisión que me había atravesado al punto tal que podía valorar mi vida un poco más… sin embargo, a la vez que me elevaba, me deprimía a causa de mi soledad y no podía escaparme ni un segundo de ese lado oscuro tan apacible que tenía la luna donde éramos nada más que ella y yo misma. El placer de la autosatisfacción se desvanecía cuando notaba que estaba sumida en un eco profundo que no era más que mi propia voz desolada. Y tuve que firmar una tregua con Pink Floyd, su música me remitía una y otra vez a un pozo cuyo único fondo ahora sólo podía ser el de salida. Tenía que cerrar la etapa escolar y concentrarme en la carrera que daba inicio.
    Haber retomado hace meses el encuentro con Pink Floyd y mi intención de plasmarlo a través de este texto implica cerrar otro círculo, el de una profunda etapa de desamor hacia mi vida, pero a la vez es reafirmar que conocerlos significó un antes y un después indestructible en mí, convertir el presentimiento de que nada volvería a ser igual que me irradió tras haber escuchado el Dark Side of the Moon en la soledad de mi habitación por primera vez en el sentimiento de que los he arraigado a mi esencia de tal manera que siempre serán mi compañía necesaria, porque supieron volver a llamarme a la soledad de mi habitación cuando comenzaba a precipitarme en la desilusión más grande de mi vida, porque fue cuando el lugar al cual creí pertenecer durante tanto tiempo comenzaba a resquebrajarse que sus palabras volvían a recibirme, para caer punzantes en mi alma confirmando que tenía verme cara a cara con el dolor para conocerlo, palpar sus raíces y prepararme para arrancarlo, aunque mi cuerpo me lo negara… pero que ellos estarían ahí para ayudarme a sobrellevarlo, acompañándome en esta etapa de crecimiento en la cual tenía que aprender, en parte por mis propios medios, en parte a través de esas herramientas que ellos me estaban aportando a dejar morir esa parte de mí que me estaba arrebatando la vida, perecer para renacer transformada, como la naturalidad del otoño… que luego de morir en invierno se reconstruye en primavera… en otras palabras, haberme reencontrado con Floyd con semejante intensidad no me impedirá corroborar que son y serán mi banda favorita.
    No obstante, estoy segura de que nunca derribaré por completo mi muro, porque es allí en mi soledad donde puedo verme realmente al espejo, pero la oscuridad me eclipsará sólo de a momentos, momentos que serán intercalados con otros, los cuales forman parte de mi luz, de mi núcleo de placeres que me permiten hacer de mi paso por esta vida una experiencia tan vital y que me permitirán fragmentar mi espejo cada vez que encuentre que mi esencia se aleja de quien conozco como a mí misma.   

Por eso, gracias eternas,
Pink Floyd.

martes, 14 de febrero de 2012

Aquí ya apenas se escucha

   

    A mí me encantaría extender mis brazos en alas, ensancharme como el lobo estepario de Hesse y expandir todo lo que tengo para dar. Nadie más que yo sabría lo feliz que me haría poder remontar mis sueños en otros territorios. Sin embargo, ventanas y puertas están cerradas. De intermedio siempre están las palabras, los barrotes son las palabras que se manosean, se doblan, se exprimen y se secan en otros labios cuando éstos intentan abrirlos por su cuenta. Porque radica en un mecanismo corporal, si físicamente ninguno podrá ubicarse en el lugar del otro. Entonces al menos, espiritualmente tan sólo por un momento tiene que ocuparse el otro de desplazar mentalmente sus barrotes, escaparse tan sólo lo que dure el encuentro de su ensimismamiento individual que lo separa para poder escuchar, para que se concrete el encuentro. ¡Traspasemos las limitaciones físicas! Pero aquí las células están hechas de la materia que compone a cada ser, y no, los problemas no pueden ser celulares porque no podemos ser todos ladrones y quien se atreva a indagar en ellas sólo se descubrirá cuestionándose a sí mismo. 

    Aquí ya apenas se escucha. Se oye, es cierto, la mayoría nació con la capacidad de oír pero parece que fueran despojándose de la misma con el tiempo, a medida que maduran. No, madurar no significa crecer. Todos escuchan pero no todos comprenden, o más bien, simplemente oyen sólo aquello que quieren oír. Nadie puede posicionarse en el lugar de otro porque su subjetividad no supone un traslado sin su interpretación. Pero yo no pedí ayuda, no acudí a consejo porque mi singularidad es propia y como propia, única, y entraña la causa de que nunca podría compararse a la experiencia de los demás, por eso yo no necesito opinión, las lenguas se prolongan demasiado cuando irrumpen en juicios y terminan por regurgitar... y yo sólo necesito que me escuchen.

viernes, 13 de enero de 2012

Una mañana diferente, un día especial

    Que esta mañana hubiera despertado junto a Él y el fresco del verano, era un destello de que este día no iba a ser habitual, porque este viernes ya había comenzado diferente. Dado que tenía que hacer algunos trámites, los había delineado mentalmente desde la noche anterior y repasado al tiempo que terminaba el té del desayuno y mis parlantes evaporaban las melodías de Oren Lavie cuya música recién empezaba a conocer. Comenzaría por comprar una tarjeta de colectivo, la de $4.60, pues sólo tenía pensado hacer dos viajes: uno hasta la oficina de papá debido a otros trámites, y el segundo, hacia la óptica donde iría a encargar unos lentes nuevos en reemplazo de los que tenía que prosiguen su existencia rayada. Así que cuando llegué al quiosco de la esquina en busca de la tarjeta, desde afuera un anuncio en hoja de impresora y tipografía bastante llamativa de color negro cambió mi rumbo: no había tarjetas, y con la leve molestia de quien termina por modificar involuntariamente sus planes ya alterados por la pena de quien vio perecer esa misma mañana su anhelada compañía en forma de mp3, y la desesperanza de encontrar otro lugar de venta de tarjetas en las cercanías, decidí que mi medio de transporte serían mis pies y que además, me calmaría a causa del mp3 pues no tendría la capacidad milagrosa de Jesús pero alguna forma tenía que encontrar para resucitarlo de ese berrinche tecnológico.
    Era una mañana atípica de enero: corría una leve brisa que amparaba del sol de verano e inducía a las caminatas bajo un cielo celeste que parecía lavado. Había vestido acorde, con una remera suelta, jean y sandalias. Por eso, en realidad no me disgustó en absoluto que mi búsqueda se frustrara. Pero esa mañana tenía algo aun más especial: su beso, cuyo aire parecía congeniar estupendamente bien con la brisa que ésta lo sellaba a mis labios mientras caminaba a paso lento, impregnándome del tiempo que encantador como extraño la vida me había regalado. Como el marinero que ante una corriente inesperada decide un viraje espontáneo en su timón, partí tomando como dirección la calle Montevideo, la pedregosa calle Montevideo que oscilaba entre luz y oscuridad a esa hora. Había olvidado mi celular, el cual también uso como reloj (tal es la importancia que le doy al tiempo físico cuando no tengo horarios establecidos que cumplir), en el departamento así que desconozco precisamente de qué hora se trataba.
    Por momentos sentí al clima tan agradable con la brisa refrescando mi cuello y mis pies que tuve una reminiscencia al otoño, estación que por sus sensaciones, sus colores y su textura tanto me gusta. Era como si a través de este epílogo que tuvo como prólogo la lluvia del martes el verano me animase a amigarse de nuevo conmigo, luego de haberlo detestado durante varios días de calor sofocante. Mientras algunas mujeres y porteros/as de edificios limpiaban las veredas montevideanas, el canto de los pajaritos revoloteaba los árboles que enmarcan en hilera la calle montevideana, y yo seguía hasta que se posaba en alguno desde donde podía apreciar mejor sus melodías. Cuando caminaba una de las cuadras de mi trayecto, unas gotas de agua salpicaron mis pies al descubierto y pronto descubrí que se habían escapado de la manguera que una mujer utilizaba para limpiar la puerta de entrada de un edificio. Le agradecí esas gotas de agua que me remitieron a momentos de mi infancia cuando durante las épocas de convivencia con el calor infernal, mojarse con la manguera en el patio de la casa de mi abuela en Firmat significaba un placer epicúreo. La mujer me miró desconcertada, como si de mis palabras hubiera surgido un acontecimiento insólito, pero luego me respondió con una sonrisa que me llevé el resto del camino. En un momento fue tal el tránsito que traía Montevideo que preferí desviar mi camino y trasladarlo a la avenida Pellegrini. De todas maneras, qué importaba seguir retorciendo mis planes y caminar una cuadra demás si el día se prestaba de buena gana para los paseantes a pie.
    Fue entonces que toparme con un edificio en construcción involucró arena en mis pies, y nuevamente, la migración a la niñez ahora en la estadía del arenero de la plaza López. ¡Qué feliz se podía ser con un baldecito y una palita juntando arena! Y luego desparramándola con el impulso de las hamacas que se levantaban sobre el mar arenoso, haciéndola volar mientras intentábamos nuestra meta de llegar volando hasta el cielo. Esa felicidad era la que tenía lugar en mi caminata mediante la presencia de pequeños momentos, preciosos momentos que encajaban precisamente para hacerme sentir realizada, aunque fuera por sólo unos instantes. Creo que no cabría explicación posible que narre su intensidad, asumo que son ajenas las explicaciones para la felicidad, siento que sólo cabe sentirla. Y luego, cuando debido a la cercanía de la oficina de papá tuve que retomar mi rumbo montevideano inicial, la volví a sentir en el saludo de los buenos días que me ofreció un amable hombre cuyo oficio lo encontró en los coches que algunos estacionan a la altura de Oroño y Alvear, cambiando el cuidado de los mismos por algunas monedas. Sin dudarlo, también me surgieron las ganas de desearle los buenos días a él, y sorprendida, al igual que la mujer a quien minutos antes le di las gracias por la pequeña llovizna que había caido sobre mis pies, continué el camino ahora a pocas cuadras del lugar donde trabaja papá.
    Me dirigí hasta Santiago. En calle Santiago se agrupa una cierta cantidad de hojas amarronadas que no pudieron esperar al otoño amarradas a las ramas de los fuertes árboles y quisieron bajar a la ciudad. De modo que me dediqué la última parte del camino a compartir su destino haciéndolas crujir. Cuando llegué a la oficina, me estaba esperando papá. Preocupado, porque había estado llamándome al celular y claro, no iba a atender la almohada, donde lo había dejado. Cada una de las personas que saludé dentro del lugar, también estaban muy amables, parecía que alguien más estaba complacido con el día. Después de haber conversado un rato, papá me acompañó hasta la puerta y prometió llamarme para invitarme a comer una pizza el próximo lunes. Hace tanto tiempo que no como pizza que ya la estoy imaginando. Aun me faltaba el segundo rumbo: la óptica, por lo que tenía que llegar hasta Alvear a esperar el colectivo al destino más lejano, el microcentro. No tenía tarjeta, pero sí contaba con algunas monedas con las cuales pagué mi pasaje después de haber sido recibida por el saludo del chofer, que no podía perderse solo en el eco de un motor fatigado y le respondí su cortesía. Me acomodé en la soledad del colectivo y mirando a través de la ventanilla aledaña al asiento, empecé a cantar mentalmente una canción de Sigur Rós, Njósnavélin cuando pensé que pasara lo que pasara, nada iba a poder opacar ese día, había llegado tal punto en que nada sería capaz de alterarlo sino sólo para superarlo. El viaje se hizo bastante apresurado, ya que el tránsito estaba liviano (¿o se habría ido navegando hasta la costa atlántica?). La parada del colectivo me dejaba a dos cuadras de la óptica. Siempre mantuve el recuerdo de esa óptica, porque cuando recién me habían recetado los primeros anteojos para ver de lejos y la rebeldía de mi adolescencia no quería saber nada de ellos, el óptico me presentó un par de lentes tan bien elaborados que logró apaciguar mi renuencia a usarlos, y sólo la cercanía de otra óptica situada sobre la vereda frente a mi casa impidió que a la nueva graduación la encargase allí. Ahora bien, ante mi sospechosa mala suerte con mis segundos lentes provenientes de la óptica cómoda, que terminaron por rayarse, decidí volver a la primera y descubrir satisfecha que todavía sigue abierta y la inflación ni los lentes de contacto pudieron arrebatarle el mismo local donde fui por primera vez en calle Mitre. Así que cuando entré, una amable vendedora me invitó a sentarme, recordándome la delicadeza que le prestan a los visitantes de su negocio, y cuando le pregunté por unos anteojos similares a los que estoy usando por defecto (los mismos que había comprado allí) me ofreció unos azulados y otros, de color marrón que no sabía por cuál decidirme. Finalmente, elegí los marrones y salí, cargando una alegría que se me notaba en la mirada, aun con los lentes que no son de mi aumento. Crucé la calle, en la esquina de San Luis cuando supe que unos vestidos estaban en liquidación en ese local. Durante la mañana del jueves, aprovechando las rebajas de verano, había salido a renovar mi escaso vestuario con la intención de conseguir algún vestido; sin embargo, no había podido encontrar ninguno que me gustara ni que simpatizara con mi presupuesto, por ello me di por vencida, sabiendo que después de todo sólo era un trozo de tela y tenía que aprender a conformarme con el que tenía. Francamente, no tengo inclinaciones hacia el consumismo que no puedan moderarse, pero en ese momento, cierto presentimiento quizás potenciado por el hecho de que ya estaba allí y apenas me podía llevar un par de minutos entrar y disipar la duda. Entonces entré y vi un vestido que hizo que valiera mi entrada, fresco, floreado y a $40 (menos de la mitad del precio que figuraba en los vestidos de otros negocios). Así fue como habiendo suprimido mis prejuicios con respecto a los negocios de ropa de la calle San Luis emprendí el regreso a casa.
    Llegado el mediodía, me encaminaba al departamento pensando en lo excepcional que había sido poder compaginarme en cada uno de esos momentos, con Él, con las personas, con el clima, con el canto de los pajaritos en unos breves pasos. Aun disfruto del regocijo que me causó haberme encontrado con las personas, saber que estaban sintiendo el día del mismo modo que yo, o que al menos podíamos coincidir en esos pequeños gestos, esos pequeños detalles que pueden tornar un día común y corriente en uno diferente, esos pequeños grandes detalles. El año pasado, aprendí que a pesar de que no pueda hacer frente contra las adversidades y negatividad que existe y predomina en el mundo, puedo preocuparme de hacer del espacio que me alberga por unos instantes un lugar más ameno por medio del sencillo saludo de los buenos días, aunque quizás no vuelva a ver a esa persona. Seguía pensando en cómo antes yo misma tendía a evitar el saludo, por ejemplo antes de entrar a un negocio, en las personas que salen cada día dispuestas a llevarse el mundo por delante, esquivando o atropellando a los que se les interpongan en medio del camino, en que me gustaría hacerles detener un momento su inmediatez para transmitirles lo halagada que me sentí luego de respirar ese clima otoñal, de conectarme con las personas en la acción de dar sintiendo a la vez en mi interior el deseo de querer devolver aquello que ese día había traído a mi mañana, como lo describe la protagonista de mi película favorita: “Amèlie tiene de repente la extraña sensación de estar en total armonía consigo misma, en ese instante todo es perfecto, la suavidad de la luz, el ligero perfume del aire, el pausador rumor de la ciudad. Inspira profundamente y la vida ahora le parece tan sencilla y transparente que un arrebato de amor, parecido a un deseo de ayudar a toda la humanidad la empapa de golpe”... cuando al volver por calle Laprida, divisé a un hombre agachado, quien no dejaba de exclamar su llamativo hallazgo ante una casa antigua, a pocos metros de llegar a 3 de Febrero. Esto me hizo volverme sobre mis pasos a contemplar su descubrimiento junto a él. Sucedía que un grupo casi infinito de hormigas trepaba desde la vereda a un rincón donde había una abertura expuesta a la fachada, y aun más allá de ese extremo, otra gran cantidad continuaba su curso bordeando la parte inferior de la ventana situada a la izquierda de la puerta. Indagando acerca de las razones que pudieran explicar la semejante conglomeración de hormigas allí, entabló conmigo una conversación que si no se extendió más fue porque él tenía que volver al trabajo, la cual cuminó, con su rostro y su voz que aun no podían salir de su asombro: “esas, son las coloradas” -repetía- “las que pican, las coloradas”, compartiendo conmigo una observación que me enriqueció el alma porque me colmó de humanidad...



“Soon shes down the stairs,her morning elegance she wears,the sound of water makes her dream,awoken by a cloud of steam.She pours a daydream in a coup,a spoon of sugar sweetens up”.
Fotografía de la película Amèlie.
Fragmento de la canción Her Morning Elegance de Oren Lavie. Tuve el placer de conocer su música precisamente esa mañana, y de ir descubriéndola después, a lo largo de la tarde. La elegancia matinal que casualmente me embargó ese día residió en cada una de las experiencias casi oníricas que viví gracias a las circunstancias y personas que conformaron esos momentos.