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viernes, 7 de julio de 2017

Relief

Un sentimiento de profundo pero singularísimo afecto me inspiraba mi amiga Morella. Llegué a conocerla por casualidad hace muchos años, y desde nuestro primer encuentro mi alma ardió con fuego hasta entonces desconocido; pero el fuego no era de Eros, y amarga y torturadora para mi espíritu fue la convicción gradual de que en modo alguno podía definir su carácter insólito o regular su vaga intensidad.
Morella, Edgar Allan Poe.


Este estado de la atmósfera cuando las tendencias emocionales terrestres parecen coincidir en la sensación dominante y casi devota de que no se sabe cuándo, pero que la lluvia nuevamente es inminente y necesaria. Me encanta esta lobreguez y su aroma mistérico consolidado. La miríada de nubes. Por sus pálidos grises se hincan luminosidades cobrizas cuya procedencia desconozco pero que por esta causa refuerzan mi desconcierto erotizado. La mirada. Deja de observar de tan capturada por el paisaje en torno. Son estos maravillosos recortes de la cotidianidad que me exilian de un recuerdo en el que ya no quiero volver a detenerme, de que hace una semana me concentraba una seguidilla de punzantes mordeduras en el estómago que no me dejaban dormir ni simplemente sentarme a estar. Es cierto que las papas estaban frías, pero también podría haber llamado con su nombre a aquel dolor. Sólo para complacerme con darle alguna explicación seguramente hecha de mis propios desengaños. Sucede que cada vez que vuelve a dar con el fundamento de mi sexualidad, se produce un desgarro que me dura por un mes y no sé si algún tiempo más. Empero podría asumir el valor de renunciar a obstinarme en algo que simplemente sucedió como podría ocurrir con tantas otras posibilidades que no cesan de rizarme los cabellos y volver a humedecerme esta vagina maculada. Pues bien, esta tarde el trueno partió el acostumbrado vértigo urbano. Desde la semana pasada el corazón viene sacudiéndome la cabeza de todos aquellos afectos tristes que me venían intoxicando con esperanzas fútiles y rencores que no me merezco. Bien podría haber muerto de indigestión, muerto o vuelto a nacer. Como sea, no pienso dejarme caer en la pusilanimidad que es a la vez una falta de respeto, la de pretender asociar simbólicamente la lluvia con la tristeza, todo lo contrario, el chubasco matinal me mostró las marcas galopantes al óleo de la correspondiente higiene mental. Me siento crecer y ahora bien puedo imaginar que los dolores son por estar rompiendo un nuevo cascarón... como Sinclair.

sábado, 6 de mayo de 2017

Punto de inflexión

Me gusta el punto de inflexión en que algo decanta en otra cosa. A verdad decir, me atrae el cándido juego logrado. Resulta que el multiformemente inagotable Imposible justo viene a querer truncarle la paciencia y entrarle por los costados a la señora Certeza Confór, tan definitivamente redonda y cerrada sobre sí misma. Si el Ouroboros se come la cola, la Certeza se traga la lengua. Entonces, el ridículo del Imposible pulula la escena, de lo más jovial la señora Confór se echa a rodar a carcajadas, y a modo de encantamiento y de un enredo hecho de posiciones sexuales vienen a parir lo inesperado, que me toma por asalto.



[Nunca antes me pasó, no saber en qué etiqueta hacer encajar a un texto]

lunes, 27 de febrero de 2017

La abuela sabe...

Detrás de la escena... ¡del crimen!
Locación espacial y temporal: casa en el pueblo de mi abuela materna, a quien hacía tiempo no veía.
Datos anexos: yo recién salía al patio.
Observaciones: noto la presencia cercana, a 3 metros aproximados de distancia, de un sujeto masculino no individualizado. Él estaba a punto de entrar, con llave en mano, al taller donde trabaja mi primo. Lo miro, lo saludo, me devuelve amablemente la mirada y el saludo.
El after-hour: al ingresar nuevamente a la casa, y ya en mis anchas en la cocina después de haber abandonado el calor de afuera, vuelvo a encontrarla a mi abuela. Ella aguarda de pie frente al lavatorio, situado bajo una ventana que le da vista directa al patio. A paso firme en sus convicciones, me advierte: "No está disponible, es casado y tiene un nene". ¡Me caigo y me levanto! ¡Como si hubiese sacado una foto a todo color de mis intenciones más subyacentes!
Conclusiones: A veces creo que no sólo quedo al descubierto cuando la lascivia se me escapa por las palabras. Creo que, como la sangre me oxigena por las arterias y se las arregla para irrigarme y traslucírseme por todo el cuerpo. Nunca creí estar tan desenfrenada como para que mi abuela me vea (después de tanto tiempo) de esa manera, así que pongo un coto acá.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Lo único que importa


Se me han escapado las ganas, la fuerza y la voluntad
de tener ganas de algo
y eso me mantiene en vilo

Ya no me concierne si te vas a la mierda
o si de sopetón la mierda decide devolverte
y retomás el circuito de desandar tus pasos erráticos

La libido, Eros, la pasión
o comoquiera decida llamársele
ha vuelto a acariciar mi cuerpo
y ahora es lo único que importa

lunes, 7 de noviembre de 2016

Me sobran las palabras

palabras que no osan repercutir en el cuerpo
y no atinan a surcar la intensidad caleidoscópica del alma

sustancia y resabios de un material tan insuficiente como desencarnado
pieles testigos de otras murallas (que me quiero arrancar a los 33ºC) tan evanescentes como extrañas

se empecinan en seguirle los rastros a una experiencia que también se pretende sensata
pero en su discurrir se confunden con las huellas de otras memorias, otras gentes

y colapsan, se me estallan los sentidos fugaces,
en el cielo salpicado con mojones de nombres extraviados

últimamente me sobran las palabras para casi absolutamente todo

martes, 26 de julio de 2016

Sagitario apuntando a Marte

Puede ser que "la vida los llevara para donde quería"
pero también es cierto que uno de los dos jugaba con fuego,
y el otro, había descuidado el volcán que había entrado en erupción,
cuando en aquel entonces supo sostener sus dos naranjas en flor
rezumar del cáliz bajo su vientre
remover los rescoldos de sus pies,
ellos se quemaron con las palmas de sus manos
y con la Luna Llena en Sagitario apuntando a Marte

domingo, 24 de julio de 2016

Cuenca endorreica

A ella el tiempo se le pasó, bastante
pero ella se había quedado con la sensación
de que iban a volver a encontrarse
y ella lo iba a sacar a bailar,
como el viento lo hace con las hojas de invierno
a la vera de la vereda
y que iban a volver a arder en la mirada,
hasta no poder postergar más el deseo de sacarse hasta las ganas
de irrigarse mutuamente costado a costado
de repicar en una fogata como el cuerpo de dos leños
que perduren lo que alumbren, que no importa más que el momento.

martes, 19 de julio de 2016

Sentimiento oceánico

a ella le arrimaron sus modos de habitar el mundo
de sus fuentes manaban corrientes donde se echaba a nadar
desembocando en arrecifes de templanza
y ardían entre llamaradas sinuosas fluentes
mediante las cuales se evaporaba el crepitar de las pieles abrazadas
y mientras los corazones batían como tambores
a ella se le diluían las estructuras rocosas en el sudor que se desparramaba fabricando partículas armoniosas de espuma complementaria
y cuando inspiraba se traía su bendición a bordo de un beso


lunes, 2 de abril de 2012

Retazos de dos seres que se hacen uno

 
    El amanecer entretejidos. El buen día que se le escapa a tu voz y que prefiere manar de tus besos. Las sonrisas cómplices al descubrir el penoso hálito compartido. Imperturbable ante su presencia, la fuerza del beso al cual arribamos. La calma de la noche, quebrada. La cortina ya no resguarda la penumbra que se construyó de a dos. La cortina ahora deja que el sol se cuele en sus rayos. El desayuno improvisado en cualquier lado. Los discos que hablan de nosotros. El abrazo que roza el alma. Su lazo, que marca huellas en ella. Las manos que se aunan al andar, aunque sea por las habitaciones de casa. El anaranjado de la tarde que intenta extenderse, a pesar de que presiente cercano su destino teñido de rojo ocaso. La partida que nunca cesa. Los bolsos por preparar. El abrazo que se comienza a extrañar. El tiempo que nos pesa a nosotros más. Mis mensajes a San Nicolás batiendo alas. Las palabras que se agotan cuando quiero describir cuánto amo. Mis sueños que nos sueñan reunidos otra vez. El reencuentro que se hace bendito.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Instantes

    Nosotros sabemos que la distancia incrementa el deseo. Hacía apenas dos días (una eternidad) que no te veía, y ya quería pasearme a través de tu piel. Para colmo, el comienzo del verano nos ajusticiaba con su calor, y nosotros haríamos un pacto de calor en nuestros cuerpos, pero tenía que ser de noche, pues cuando el verano encuentra su pesadumbre, yo hallo mi luminosidad en la penumbra.
    Entonces, recibimos (porque aunque me hablaban a mí, nos estaban citando a los dos) aquella llamada telefónica, y la distancia se disolvió de repente imperceptible, como el azúcar en el café amargo de la mañana temprana, como el viaje en colectivo que se hace repentino cuando se funde con la compañía de la música, como las obligaciones que se esfuman ante la concreción del encuentro tan alegremente insospechado.
    Tácitamente nos dijimos que no necesitábamos más luces que las de nuestros ojos. Sin embargo, la ventana no podía estar cerrada, pues habíamos esperado esa noche durante toda la semana. Mientras nos acomodábamos en el sillón, la oscuridad se apoderaba de la habitación, consintiendo sólo a la brisa que precede al vendaval a soplar en nuestros cuellos. El viento diseminaba el anuncio de la lluvia a lo largo de la sala de estar, su aroma fabricaba el ambiente. El cielo pálido comenzó a teñirse de un color gris, las pinceladas de acuarela eran de parte de las nubes cargadas de gotas, pues habíamos esperado esa lluvia durante toda la semana, y no por apagarse las estrellas el cielo deja de evocar su gracia. La belleza esta vez comenzó a caer en forma oblicua. La belleza caía o en realidad estaba elevándose. El perro se había tendido junto al sillón, haciéndonos compañía elaboraba también el ambiente. Se había establecido tal conexión, que no podía ser interrumpida; la dulzura del agua nos llamaba a llover con ella, sintiendo su humedad penetrándonos hasta los huesos retornábamos al cielo y luego a la tierra, y después de estacionarnos en el pasto del jardín éramos impulsados de nuevo por el vendaval que nos cavaba el cuerpo. No obstante jamás dejamos de sonreír ni de sentir ese cosquilleo que delata a la felicidad puesto que sabíamos que ese era su gesto, estábamos recuperando la fuerza natural (aunque durara apenas un momento), y era tan placentero... estábamos integrados, éramos tan humanos.
    Tantos besos no podían caber en una canción. Si antes, en Rosario había deseado estar como lo estaba ahora sentada en tu regazo, en este momento lo único que deseaba era disfrutar de ese instante, desarmarme en armonía con el trueno y rearmarme en ese ratito perfecto de silencio, de pausa calma que otorga el refucilo tan cómodo como utópico de ciudad, extraviarnos por un momento del alboroto de la urbanidad y detenernos en ese instante con la inmortalidad del abrazo que ama. Sin necesidad de palabras y con el chaparrón murmurando en la ventana, nos dirigimos a la habitación para eternizarlo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Escalera al cielo

Su mirada era una escalera al cielo, así lo enaltecía. Cuando aquellos discursos del habla solían coincidir los juegos que hacía con sus trenzas, transcribía en sus diarios las aventuras que a no ser por la inmensidad de sus manos guardaría en su almohada. Era amante y criminal, cuando se adueñaba de su intimidad. Se despedazaba en cuartos, tal era su fatalidad, eso le hacía sonreír mientras la coronaba de espinas. Incluso pedía permiso al tiempo, para que le concediera algunos ratos propios. Pues era capaz de hundirse un poco más sólo por encontrarse despertando sobre su pecho. 
Las canciones, el escenario donde se llevaban a cabo los momentos de más elevado placer dibujaban la silueta de su hombre y hacían suyo su abrazo. No los unía el lazo del compromiso sino, uno más fuerte, el miedo a la soledad. Su elixir era a la vez tragedia, como sus mejillas, oscilando entre el llanto y la luminosidad. La vida la embelesaba pletórica en sueños, pero ella sabía dónde comenzaban. Y se enamoró.


   "Hay mujeres nobles, pero en cierto modo pobres de espíritu que no saben expresar su entrega más profunda, como no sea ofreciendo su virtud y pudor: lo mejor que tienen. Y a menudo quienes aceptan ese regalo se comprometen mucho menos profundamente de lo que se suponen las donantes, ¡es una historia triste!".
La gaya ciencia, Friedrich Nietzsche.

jueves, 24 de julio de 2008

Incertidumbre

Saber lo necesario, por ahora, no preguntar más.
Dejarse llevar, esas fuerzas invisibles arrastran las palabras y los aromas de las pieles cercanas.
Que el largo trecho por recorrer se acorte lentamente, por los vaivenes que ofrece la naturaleza de nuestro instinto salvaje.